Redacción · Marzo 2026 · Opinión

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Ante el retroceso civilizatorio más grave de la historia moderna

El mensaje del secretario de Estado Marcos Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich se complementa absolutamente con la Estrategia de Seguridad Nacional emitida en enero por Donald Trump como un refuerzo de la Doctrina Monroe de 1823.

Carlos Raimundiescribe: Carlos Raimundi


Marco general


El mensaje del secretario de Estado Marcos Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich se complementa absolutamente con la Estrategia de Seguridad Nacional emitida en enero por Donald Trump como un refuerzo de la Doctrina Monroe de 1823, en cuanto a la preeminencia de los Estados Unidos sobre todo el continente americano. La Doctrina Monroe buscaba diferenciarse de Europa, es decir, evitar la dominación europea sobre América Latina, para lo cual ofrecía la “protección” de los Estados Unidos. En verdad, ante la transición de hegemonía que se insinuaba desde el Imperio británico hacia el imperialismo estadounidense, lo que se perseguía no era la emancipación de nuestro subcontinente, sino cambiar el signo de la potencia dominante.

Paradójicamente, y en el marco de nuevo esquema internacional, el discurso de Rubio comienza con una apelación a la “alianza histórica entre Europa y los Estados Unidos, una alianza que salvó al mundo”. Sonó, más bien, a un acto reparatorio del vínculo que había quedado drásticamente afectado a partir del desaire de Trump hacia Europa en las negociaciones por Ucrania, la orden de incrementar el presupuesto de la OTAN para comprar armas fabricadas en los Estados Unidos, y la pretensión de anexar a Groenlandia. En un contexto de profundos cuestionamientos a Trump tanto al interior de su país como a nivel internacional, posiblemente haya considerado conveniente y oportuno buscar un gesto de reconciliación a través de las palabras elogiosas de Rubio.

La Conferencia de Múnich es un evento que se realiza desde 1963, cuando “el comunismo soviético hacía pender de un hilo miles de años de civilización occidental”, y “juntos, Europa y Estados Unidos reconstruyeron el continente”.

Como muestra de su proverbial ausencia de sutileza, Rubio se ubica en el campo del bien que combate al mal, poniendo en ese lugar primero al “malvado” imperio soviético, y luego a la “absurda idea” de los globalistas de decretar “el fin de la historia”.

El corazón del discurso

Según sus palabras textuales, la globalización provocó la desindustrialización y la entrega de las cadenas de suministro de su país a “adversarios y rivales”. Es decir, continúa con la construcción binaria de sentido amigo-enemigo, respecto de todo lo que difiera de la política de Donald Trump, el nuevo emperador.

Un párrafo más adelante, imputa a los países que supuestamente se beneficiaron de la ingenua bondad de los Estados Unidos, el “no haber dudado en utilizar su poder duro para perseguir sus propios intereses” (sic). Nada más curioso que los propios Estados Unidos acusen a otros países de utilizar el poder duro para perseguir sus propios intereses. Y en el mismo párrafo, prosiguiendo con la dicotomía amigo-enemigo, atribuye a una “secta climática” el uso de estándares energéticos sólo “para utilizarlos como palanca contra su país”.

La siguiente afrenta tuvo por objetivo a “la ola de inmigración masiva que amenaza la cohesión de nuestra sociedad, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestro pueblo”. “La migración desestabiliza a las sociedades de todo occidente, debemos reconstruir nuestra capacidad para defender a nuestros pueblos, para construir un nuevo siglo occidental”.

“Controlar nuestras fronteras nacionales, quiénes y cuántas personas entran en nuestros países es un acto de soberanía nacional, por ser una amenaza a la supervivencia de nuestra civilización”. La raza más pura que es el Occidente político no puede verse contaminada con las impurezas que acarrea la inmigración. Eso sí, la soberanía que hay que defender es la de los Estados Unidos, al precio de mancillar a la de los países dependientes, a los cuales se condena doblemente. Primero aplicando políticas de miseria, y luego sometiendo a quienes emigran por causa de la miseria generada por los mismos a quien Rubio representa.

A lo largo de la historia, todas las grandes olas de migración han sido forzadas por la guerra, el hambre o la pobreza provocadas por las políticas imperialistas, no por placer. ¿Qué significa amenazar la cohesión, la continuidad y el futuro de un pueblo que “lleva la fe de sus antepasados, la cultura, el patrimonio y la lengua como una herencia sagrada”, sino atacar la pureza de una raza superior? Y si no es así, ¿por qué no respetar a esos otros pueblos, a esos otros Estados y a esas otras religiones, que tienen el mismo derecho que los Estados Unidos a llevar la fe y las tradiciones de sus antepasados como una herencia sagrada?

Dos párrafos más adelante reafirma que “los ejércitos luchan por un modo de vida, eso es lo que defendemos: una gran civilización”. El poder militar en defensa de la “civilización” que Rubio pretende representar, en detrimento de las demás culturas del planeta, el “choque de civilizaciones” de Samuel Huntington llevado a política de Estado, bajo la clave de la primera potencia militar del mundo.

Y esa es la civilización que militarmente hay que defender, porque “fue Europa quien dio al mundo el Estado de Derecho, las universidades y la revolución científica”, como si la cultura hindú, la China milenaria, el aporte de los árabes o los saberes ancestrales de los pueblos originarios de Iberoamérica no hubieran hecho su aporte invalorable a la cultura universal.

“Las altísimas agujas de la gran catedral de Colonia dan testimonio de la grandeza de nuestro pasado”, dice, como si el Cristo hombre, cercano a los humildes, hubiera sido quien pidiera a sus discípulos que las construyeran al precio de la vida de miles y miles de víctimas del trabajo esclavo.

Seguidamente, Marcos Rubio condena “la desindustrialización que despojó por décadas a nuestras naciones de su riqueza, su capacidad productiva y la soberanía de sus cadenas de suministro, y nos dejó vulnerables a las crisis”. Cuando, en realidad, como también explicó en Tektónikos Eric Calcagno en otro análisis de este discurso, se trató de una decisión de Estado de carácter estratégico, sostenida tanto por los gobiernos demócratas como republicanos, gracias a la cual las firmas estadounidenses y europeas se beneficiaron del costo laboral ínfimo y de las exenciones impositivas que obtenían en los polos productivos asiáticos adonde esas empresas se instalaban, mientras la economía del país solventaba aquel déficit productivo y comercial con el superávit financiero obtenido por el dólar como moneda única de las transacciones internacionales durante toda la globalización.

“Debemos crear una cadena de suministro occidental para minerales críticos que no sea vulnerable a la extorsión de otras potencias”, expresó Rubio en una nueva alusión a la apropiación exclusiva de los recursos estratégicos por parte de los Estados Unidos, y en otra recurrente distinción binaria entre el bien y el mal, cuando califica como extorsiva a la intervención de otras potencias, que hasta el momento no han mostrado intenciones injerencistas.

Una vez más, la doble condena para el Sur global. La explotación económica y financiera de las firmas estadounidenses mediante estrategias que no se limitaron a aplicar sus políticas económicas, sino que auspiciaron el autoritarismo y las dictaduras, y ahora la apropiación lisa y llana de nuestros recursos.

Resulta que ahora, todo el Sur Global debe pagar por aquel error estratégico de la desindustrialización de los Estados Unidos, cediéndole sus recursos naturales más sensibles y valiosos a su verdadero dueño, que es la economía estadounidense, según lo señala explícitamente la Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump de enero de 2026. Cuando el diario The New York Times la preguntó, durante la entrevista del último 7 de enero, si su ambición global tenía algún límite, Trump respondió textualmente: “Sólo una cosa puede detenerme, mi propia moralidad, mi propia mente, es lo único que puede detenerme”.

La muerte del derecho

A confesión de parte, relevo de prueba. “Ya no podemos anteponer el llamado orden mundial a nuestros intereses vitales. Aquellos que ponen en peligro nuestra estabilidad se escudan tras la abstracción del derecho internacional”. El derecho internacional ha muerto, prevalece la ley del más fuerte. Se trata del retroceso civilizatorio más grave de la historia moderna.

Para Rubio y la Doctrina Trump, dado que en estos tiempos la ONU cuenta con la presencia de grandes países que ya no se subordinan a la diplomacia estadounidense como durante la globalización, ahora abdican de ella.

Esto no demuestra sólo la prepotencia de la administración Trump, sino también la hipocresía del sistema anterior. La gran mayoría de los tratados y convenciones internacionales, y de las instituciones y organismos multilaterales vigentes durante la globalización, no hacían otra cosa que disfrazar de juridicidad lo que realmente era la voluntad de la potencia hegemónica. Cuando esa supremacía llegó a su fin, terminaron también con el respaldo al multilateralismo y al orden basado en reglas que con tanto énfasis predicaban. Lo hacían porque de lo que se trataba realmente era de poner en boca de la comunidad internacional lo que en verdad eran sus propios intereses. Multilateralismo unipolar.

Aunque, para ser honestos, también en aquellos tiempos se violaba el orden internacional. Varios hitos históricos como la desintegración de la ex Yugoslavia, la invasión a Irak, la captura de Osama Bin Laden, fueron operaciones de fuerza que nunca contaron con la autorización o el consenso de Naciones Unidas. Pero nunca desacreditaron el derecho y las convenciones internacionales con el descaro del presente.

“La ONU fue incapaz de frenar a los clérigos chiítas radicales de Teherán, para ello fueron necesarias 14 bombas lanzadas con precisión desde bombarderos estadounidenses B-2”. Lo dicho, el poder militar y la ley interna de los Estados Unidos por encima de la norma internacional. La globalización llevada a su máxima expresión, el imperialismo amenaza con avanzar a escala mundial.

Luego de humillar a Europa al excluirla de las conversaciones de paz en Ucrania, de forzarla a costear con inflación y recesión el aumento de su presupuesto militar para comprarle armas a los propios Estados Unidos y de confirmar su pretensión sobre Groenlandia, Rubio termina su mensaje con una apelación a la reconciliación. El “vínculo transatlántico reprenderá y disuadirá a las fuerzas de la destrucción de la civilización que hoy amenazan tanto a Estados Unidos como a Europa”.

Demócratas o republicanos, la misma matriz de dominación del Sur global

El capitalismo financiero globalizado se mueve a partir de la multiplicación de la tasa de ganancia del capital, lo mismo da que sea la renta por el uso del territorio virtual —tecnofeudalismo— o por la sobreexplotación del salario –plusvalía-. De la fábrica a la región, de la región al Estado nación, de éste al colonialismo, de allí al imperialismo y del imperialismo a la globalización.

Una vez agotados los límites físicos del planeta para la maximización de la renta financiera, ¿hacia dónde expandir el territorio?

Hacia arriba, burbuja inmobiliaria de los préstamos sub-prime que iniciaron la crisis de 2008. Hacia lugares inexplorados del territorio como el turismo y la hotelería de dos dígitos de estrellas reservada a los magnates en las grandes capitales del petróleo, las playas exclusivas del Pacífico o el continente antártico. Hacia la aventura del espacio sideral. Y/o hacia la dimensión orgiástica y el paroxismo a los que accede el poder desmedido como lo demuestra la relación de Jeffrey Epstein con el poder político y económico de la alianza transatlántica que Marcos Rubio procura reivindicar.

Hacia el armamentismo, esto es, cuando a la explotación económica del territorio se añade la renta por las armas y la sofisticación de las técnicas de espionaje. Y más tarde, la reconstrucción de los territorios arrasados por la guerra y el genocidio.

Hacia el territorio virtual, el de las mentes, los datos, los deseos, las preferencias, los algoritmos, la inteligencia artificial al servicio del capital concentrado. La transferencia invertida de recursos: las masas populares aportan gratuitamente la información que las plataformas necesitan para configurar sus algoritmos, hacer ingentes negocios con ello, generar cada vez más dependencia y asumir cada vez más funciones hasta ahora reservadas al Estado, como construir flotas de barcos y aviones, financiar proyectos de investigación, formar cuadros técnicos e intelectuales. Y, finalmente, tomar el poder público en lugar del Estado.

Cuando todo ello se agota, cuando no hay más territorio por conquistar, es que ya no hay lugar para todos, sino sólo para los aptos. El capitalismo pasa a la fase del supremacismo, que Rubio encarna en su discurso.

Sólo la autoridad pública, encargada de administrar los bienes universales en nombre del interés general, puede pensar en las personas y en nuestra condición de seres comunitarios. Está demostrado que no lo hará el capitalismo.

Tik Tok es una empresa privada de capitales chinos. Pero no funciona igual en China, bajo la orientación política, social y económica del Estado, que en los países donde el mercado financiero conduce la economía. En un caso se prioriza la protección social ante el daño físico y psicológico causado por el abuso de la tecnología digital, en el otro se prioriza la ganancia del capital.

Por eso, a la lucha contra el imperialismo y el supremacismo, se debe agregar indefectiblemente la regulación internacional de la inteligencia artificial, las redes y plataformas. Comprobar la identidad de la persona para evitar la toxicidad de los bots, limitar las horas de acceso de los niños, desconectar los dispositivos del aprendizaje en el aula, obligar a los servidores a poseer un domicilio claro y real adonde identificarlos, imponerles obligaciones fiscales y exigirles responsabilidad ética y social.

¿Democracia vs Autocracia?

En realidad, uno de los pilares conceptuales –tal vez el más fuerte- por los cuales muchas élites locales e incluso sectores populares siguen creyendo en el denominado “occidente” y desconfiando del valor de otras culturas, es porque está pedagógicamente instalado que Occidente representa la paz, los derechos humanos y la democracia frente al autocracia de los sistemas orientales.

Sin embargo, desde las detonaciones atómicas de Hiroshima y Nagasaki en 1945 hasta el financiamiento de feroces dictaduras, pasando por invasiones, bombardeos, asesinatos políticos y crisis humanitarias provocadas, fueron patrimonio de Occidente durante todas las últimas décadas en una proporción absolutamente superior a la de otros actores del planeta.

Asimismo, está culturalmente instalado que el bipartidismo de los Estados Unidos es la democracia, frente a la llamada “autocracia” que ejerce el Partido Comunista Chino como fuerza política hegemónica, no única, en ese país.

Pero, en realidad, demócratas y republicanos representan la misma matriz de poder político, económico y cultural, más allá de las actuales disputas internas entre las élites globalistas y nacionalistas. Mientras que la República Popular China, a lo largo de sus quince planes quinquenales, ha mostrado una flexibilidad mucho mayor para los cambios de orientación de sus políticas. Pero, fundamentalmente, ha democratizado las condiciones de vida de su pueblo.

Cuando cientos de millones de personas, como sucedió en China durante los últimos treinta años, salen de la pobreza, es decir, dejan de pensar sólo en conseguir un plato de arroz, no solamente mejoran su condición económica. Una vez resuelta la alimentación, la salud, la educación, la vivienda, el empleo y la seguridad social, aparecen en el horizonte nuevos desafíos que dignifican la condición humana.

No estoy proponiendo aquí un sistema similar para América Latina, sólo estoy luchando por vencer los prejuicios que nos atan a un sistema que, está comprobado, nos esclaviza.

¿A qué nos referimos cuando hablamos del fin de la unipolaridad y del camino hacia una nueva fase del orden internacional signado por la presencia de nuevos polos de poder? Al respeto por múltiples culturas y tradiciones, por la acumulación de saberes a través de historias milenarias. La India, Rusia, China, el Japón, Turquía, el mundo árabe, las experiencias del África profunda, representan formaciones sociales que constituyen verdaderas civilizaciones, o Estados-civilización.

De la misma jerarquía que la cultura anglosajona que defiende Marcos Rubio. Pero debe invalidarse su pretensión de universalidad. Y mucho más pretender convertirse en un paradigma universal por la fuerza, y no por la conversación pacífica. Y, obviamente, los saberes ancestrales de Indo-afro-América no son menos milenarios ni menos importantes, ni menos iluminadores. De allí la necesidad de que América Latina pueda constituirse en uno de esos polos ordenadores de un nuevo mundo más democrático –en el sentido más profundo del vocablo-, más justo, más humano.

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* Carlos Raimundi es abogado, docente universitario, ex diputado nacional y del Parlasur y, entre 2019 y 2023, embajador argentino ante la Organización de Estados Americanos (OEA) en su sede de Washington DC, EE.UU.

Marzo 8, 2026

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