Es imposible negar la presencia de China en América Latina: ha superado a Estados Unidos como principal socio comercial de varios países de la región, entre ellos, Brasil, Chile, y Bolivia. El gigante asiático atraviesa un proceso de expansión internacional que se desarrolla en un escenario marcado por la crisis de la hegemonía de Washington.
Desde septiembre del 2013, China ha llevado una política externa conocida como la Nueva Ruta de Seda. El proyecto busca articular corredores de infraestructura y comercio a través de inversiones en ferrocarriles, carreteras, puertos, rutas marítimas y aéreas, proyectos energéticos y parques industriales. América Latina y el Caribe fueron incorporados posteriormente a esta estrategia, concebidos por Beijing como una extensión natural de la ruta marítima. Una de las obras más relevantes en la región en los últimos años, fue el puerto de Chancay en Perú, inaugurado en noviembre de 2024. El proyecto, desarrollado por la empresa china Cosco Shipping Ports en asociación con la peruana Volcan, redujo significativamente los tiempos de transporte marítimo entre Perú y China, de alrededor de 35 días a 23, y se convirtió en un punto estratégico para el intercambio comercial entre Sudamérica y Asia, pero ¿qué lugar ocupa Argentina en este escenario?
Sebastián Schulz es miembro del Centro de Estudios Chinos del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata y del Comité Nacional BRICS (CoNaB). En 2025 recibió el reconocimiento a la Mejor Información en la segunda edición de los Premios de Noticias Globales de la Ruta de la Seda por su trabajo “10 años de una iniciativa que transforma el panorama global”, publicado en la revista DangDai en 2023. En diálogo con ANCCOM, Schulz analiza la relación entre China y Argentina durante el actual gobierno, el impacto de la expansión del gigante asiático en la región y las razones por las que resulta cada vez más relevante estudiar sobre China.
– ¿Cómo surgió tu interés por China y qué te llevó a orientar tu carrera hacia ese campo?
– Siempre mi interés tuvo que ver con el análisis de los procesos globales y el comportamiento de las sociedades, es decir, un análisis más geopolítico aunque cuando yo empecé a estudiar era un término que quizás no estaba bien visto en ese momento porque se lo asociaba exclusivamente a lo militar. Mi tesis de licenciatura en Sociología fue sobre los BRICS y después me presenté a una beca doctoral de CONICET también con el mismo tema. Me enfoqué sobre todo en los procesos de cambio geopolíticos, de la arquitectura económica internacional y ahí me topé estudiando el caso chino con la Ruta de la Seda, con la iniciativa de la Franja que había lanzado en 2013. Era una herramienta clave para entender los procesos de cambio internacional. Si bien nunca abandoné los estudios geopolíticos y el BRICS sigue siendo mi caso de estudio en materia académica, ya me enfoqué más en el estudio propiamente de China.
– ¿Cuáles son los principales desafíos a la hora de estudiar sobre China desde Argentina?
– Cuando uno habla de China inmediatamente saltan muchos prejuicios culturales, económicos, académicos y, principalmente, políticos. Hay una distancia en materia geográfica que hace que China sea para nosotros algo un poco desconocido y sobre lo que tenemos construido muchos estereotipos. En los últimos años, los prejuicios tienen que ver con las diferencias políticas que hay en cierta parte de los círculos políticos, económicos y académicos. Este mandato que baja de Estados Unidos, después tiene su correlato académico en determinadas percepciones sobre que China es algo peligroso, que hay que tener cuidado con ella.
– ¿Por qué persisten esas concepciones erróneas?
– A mí siempre en mis clases me gusta recuperar una frase de Napoleón Bonaparte: “Dejemos dormir a los chinos porque cuando se despierten el mundo temblará”. Esa frase expresa esta mirada eurocentrista y un miedo de Occidente hacia el fenómeno chino. China fue el centro del mundo durante más de 2000 años. Hasta 1840 representaba el 30% de la economía mundial. La normalidad histórica no es Estados Unidos y Europa como centro del mundo y China siendo un país pobre y atrasado. Ese fue un grano de arena en la historia, un poco más de 150 años. La desconfianza hacia China se basa en una mirada muy occidental de las relaciones internacionales: la idea de que todos los actores buscan la hegemonía, buscan oprimir y dominar a otros. Por ejemplo, en ámbitos académicos, lo vemos mucho al analizar la influencia de China en América Latina. Cuando vemos un Volkswagen andando por la calle no vemos la influencia de Alemania en Argentina o la presencia de Alemania en Argentina, vemos un Volkswagen. Con China no pasa eso porque hay una idea de sentido común de que el chino es peligroso. También se reproduce con la masificación en algunos medios de comunicación, por ejemplo, esta idea de la mafia china, sumado a otras quizás más sofisticadas acerca de que China es una dictadura, que en China te espían en la calle. Todo eso tiene que ver con el desconocimiento que hay.
– Si China no busca la dominación, ¿qué busca?
– Dentro de los análisis internacionales, tanto a nivel académico como a nivel político, prima una mirada de la vieja geopolítica que habla de un mundo muy distinto al de hoy donde todos los Estados de por sí buscaban la dominación y donde la soberanía era entendida como la capacidad de que ningún actor te domine. Es una lógica que refiere a un mundo diseñado por occidente porque esos mismos países promovieron y diseñaron un mundo en base al imperialismo y al colonialismo. Para analizar el fenómeno chino, esas lecturas quedan cortas. China a lo largo de su historia no ha invadido ni una porción de territorio extranjero, no ha iniciado una guerra en territorio extranjero. Ellos promueven un tipo de relaciones internacionales basado en el beneficio mutuo, en la cooperación mutuamente beneficiosa: el intercambio de civilizaciones. Está muy en diálogo con las propuestas que realizó en su momento el Papa Francisco y actualmente el Papa León XIV. Las iniciativas que se desprenden de China no pueden ser analizadas linealmente con los patrones con los que leímos la geopolítica clásica. Es necesario pensar nuevas categorías para analizar el fenómeno de China.
– ¿Es posible comprender la manera de vivir en sociedad de los chinos para los argentinos?
– Es necesario entender a China con sus propias categorías y a su vez escapar de las miradas universalistas, eurocentristas, y de superioridad moral por la cual Occidente mira al resto del mundo. Es cierto que en China hay un nivel de control quizás mucho más grande si por control entendemos, por ejemplo, la presencia de cámaras de vigilancia como algo cotidiano en las calles o una presencia del Estado mucho más fuerte en la vida cotidiana. Pero eso tiene que ver, primero con la herencia confuciana de la civilización China y del pueblo chino, una herencia que privilegia el bienestar colectivo y la armonía colectiva por sobre el bienestar individual, que se relaciona con el concepto de libertad que China considera como un valor de la humanidad entendida de forma distinta a Occidente: para China no hay libertad individual en una comunidad en caos, en una comunidad anárquica o en una comunidad pobre, atrasada. China entiende que primero hay que garantizar la libertad colectiva y la armonía colectiva para que pueda realizarse después en la libertad individual. Hay una intención puesta en la seguridad porque se considera que es indispensable para garantizar la armonía colectiva y por consecuencia, la armonía individual. Pero eso es muy distinto a pensar que existe un orden opresor, un orden autoritario. Esas son lecturas lineales que se desprenden desde Occidente, inexactas.
– ¿Qué oportunidades ofrece China que Argentina todavía no ha aprovechado?
Somos prácticamente el único país latinoamericano con déficit comercial con China. China te ofrece la tecnología para construir represas hidroeléctricas, parques eólicos, parques solares, centrales nucleares a muy bajo precio y con condiciones de pago mucho más beneficiosas de lo que te ofrece los Estados Unidos y además con transferencia de tecnología. Hoy China es el principal socio comercial de Latinoamérica. Tenemos una canasta exportadora sumamente primarizada y con China podríamos cambiar nuestra patrón comercial. Argentina ha desaprovechado asociaciones de cooperación para impulsar proyectos de transición energética y aumentar la matriz energética nacional, lo cual es clave para el desarrollo industrial. En cuanto a lo político, es un aliado clave para nuestro reposicionamiento geopolítico en el mundo. Es un país que está discutiendo la necesidad de democratizar las instituciones internacionales como el Consejo de Seguridad o el Fondo Monetario Internacional para construir un orden internacional basado en el respeto por la soberanía y por la integridad territorial, en el respeto por los modelos de desarrollo que cada país decida adoptar, cosas que nosotros hemos sufrido históricamente desde nuestra propia constitución como país. Nosotros tenemos nuestro territorio ocupado por una potencia extranjera que es Gran Bretaña con la complicidad de los Estados Unidos (en referencia a la superficie terrestre y los espacios marítimos de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur). Hemos sufrido permanentemente la injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos hasta hoy. Las cosas que está discutiendo China sobre cómo debería ser el orden internacional son las mismas que hemos sufrido nosotros y ahí nosotros en China tenemos un aliado.
– Desde que asumió Milei, fueron varias las ocasiones en que la embajada China en Argentina salió a responder ante dichos de funcionarios del gobierno. ¿Han tenido un impacto estas situaciones en las relaciones comerciales?
– China tiene un mecanismo de relacionamiento internacional, no solo con Argentina, sino con todos los países del mundo, en la cual prioriza la construcción de una relación de largo plazo, lo se conoce como “relaciones entre Estados, no entre gobiernos”. China considera que el gobierno de Javier Milei, y en general todos los gobiernos, son circunstanciales en la política de un país. Hoy está y mañana puede no estar. China sabe que una decisión circunstancial de un gobierno no puede afectar los lazos económicos que se vienen construyendo desde hace años. Todos los meses tenemos un comunicado de la embajada china desmintiendo declaraciones de funcionarios norteamericanos o de funcionarios argentinos. Eso claramente afecta a las relaciones pero no se convierte en causa de paralizar inversiones o cancelar acuerdos. Lo que sí está pasando es que hay una merma en las inversiones de empresas Chinas en Argentina, pero esto responde más a una decisión del gobierno argentino, siguiendo una orden de Estados Unidos, de impedir la participación de empresas chinas, como fue el caso de la empresa Huawei en acuerdos con una cooperativa de Neuquén.
– El año que viene hay elecciones, ¿qué impacto podría tener un eventual cambio de gobierno en la relación entre Argentina y China?
– La derecha tiene una relación económica con China pero es hasta ahí, sin avanzar en otro tipo de acuerdos de cooperación. Se mantiene en la exportación de soja, carne y ahora litio, sumado a un modelo de apertura económica indiscriminada e irresponsable de la economía, que genera esta invasión de productos chinos que son baratísimos y el cierre de grandes empresas. El tema es que, en mi opinión, dentro de los espectros políticos más progresistas, incluso peronistas, no hay un consenso en relación a cuál es la vinculación que hay que construir con China porque muchos la leen como un responsable de esos procesos. Es una mirada muy parcial e incluso equivocada. Hay experiencias con otros países como, por ejemplo, el caso brasilero con Lula, que demuestran que es factible construir otro tipo de relación. Lula le dijo a las empresas chinas, “Está bien, yo les abro el mercado brasilero, pero fabrican los autos acá con trabajadores brasileros y asociados con contratistas brasileros”, o en, Bolivia, con el litio, Bolivia les dijo, “Está bien, vengan acá y extraigan el litio pero se asocian con una empresa estatal boliviana y lo extraemos y lo procesamos juntos. Le agregamos valor acá”. Sería impensable con los Estados Unidos, que hace 50 años que no transfiere tecnología a nadie y que al cual es imposible imponer algún tipo de cláusula. Lo que demuestra este gobierno con el RIGI es que su modelo es “le damos lo que ellos necesitan y listo”. Con China es posible construir otro tipo de relación
– ¿Por qué hay tanto desconocimiento sobre China?
– Argentina y China firmaron un acuerdo de asociación estratégica recién en 2004 con Néstor Kirchner y en 2014 ese convenio se amplió a una asociación estratégica integral. A nivel académico, hay muchos profesores que se han formado y que vienen estudiando particularmente China hace años. Tenemos, por ejemplo, los Institutos Confucio que empezaron a funcionar hacia mediados de la primera década del 2000, tanto en Buenos Aires como en La Plata, pero recién a partir de 2019 es donde se empiezan a abrir las carreras de posgrado en relación a China, con especializaciones, primero en estudios chinos o estudios de China contemporánea. Hay cada vez más interés de estudiantes por conocer China, por establecer lazos de vinculación que se refleja en la ampliación de la matrícula de estas carreras. Obviamente todavía no alcanza y es muy poco, quizás en las carreras de grado todavía falta trabajar e incluir más sobre China, como en las carreras de relaciones internacionales, de ciencias políticas, pero es un proceso que va en crecimiento.
– ¿Qué lugar debería ocupar el estudio de China en las universidades argentinas?
– Es fundamental fortalecer la formación de recursos humanos para construir una relación más responsable y más proactiva y más beneficiosa. Desde la universidad, no solo se queda en lo académico porque, por ejemplo, en el caso de la Universidad Nacional de La Plata, tenemos a una empresa, Power China, que está construyendo, junto con la universidad, un parque solar para abastecer de energía, frente a la crisis energética y ante el aumento desmedido de las tarifas de energía eléctrica del gobierno que golpea a las universidades. Existen posibilidades de cooperación académica pero también extra académica. La cooperación académica es fundamental para tener una política integral, para ofrecer una formación de excelencia, pero también crítica que cuestione el mainstream, que cuestione el status quo, porque en última instancia lo fundamental es construir una relación proactiva con China, una relación de Estado a Estado y de largo plazo y para eso las propuestas académicas son fundamentales.
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