Redacción · Julio 2026 · Opinión

<< Volver

Dos dioses, un pueblo

Maradona y Messi — por qué la Argentina no puede elegir entre ellos, y por qué yo lo hago de todos modos.
Mariano Mirottiescribe: Mariano Mirotti

Incluso después de los cinco goles de Messi en los dos primeros partidos del Mundial, a pesar de su condición de máximo goleador en la historia de los campeonatos del mundo: en la Argentina existe, junto a la política y la economía, un tercer tema que conviene evitar en un asado: la pregunta acerca de quién fue y es más grande, ¿Diego o Leo? No solo se arriesga uno la velada, sino en ocasiones también la amistad. Lo digo sin hipérbole. Lo he vivido.

Y, sin embargo, la pregunta no puede eludirse. Así que: ¿quién tiene más popularidad? La respuesta honesta es: depende de a quién se le pregunte — y no solo cuándo nació, sino también qué cree en política.

Quien supera los cincuenta vivió a Maradona: México 1986, la Mano de Dios, el Gol del Siglo contra Inglaterra, el título mundial en un momento en que el país aún sangraba, cuatro años después de Malvinas, la guerra perdida contra Gran Bretaña. Diego no solo derrotó a Inglaterra en el campo. La derrotó en nombre de todo un pueblo que no había digerido aquella derrota. Esa generación jamás pondrá a nadie por encima de Maradona. No es una opinión. Es un artículo de fe.

Los más jóvenes, en cambio — menores de treinta, a veces de cuarenta —, conocieron a Diego ante todo como mito, como leyenda en sepia. A Messi, en cambio, lo vieron crecer, lo vieron fracasar, lo vieron sufrir y, en 2022, en Qatar, triunfar por fin. Para ellos, Leo es el más grande.

Sin embargo, la pregunta generacional no explica más que la mitad de la fractura. La otra mitad es de naturaleza política y, en la Argentina, ambas dimensiones resultan casi imposibles de separar.

La dimensión política: la izquierda elige a Diego, la derecha a Leo

Diego Armando Maradona no era únicamente un futbolista. Era un símbolo político. Llevaba el rostro del Che Guevara y de Fidel Castro tatuados en su cuerpo, y lo hacía con el mismo orgullo con que convertía goles. Abrazaba a Hugo Chávez y a Evo Morales en público. Llamó asesino a George W. Bush. Era ruidoso, sin filtros, de izquierda. Y lo decía en serio.

En la Argentina, donde las grietas políticas son más profundas que en cualquier otro país de América Latina, esto tiene consecuencias directas en el debate futbolístico. Apenas existe un convencido de izquierda que prefiera a Messi. Y casi ningún votante de centro-derecha antepondría a Diego sobre Leo. Es una simplificación, claro, pero da en el blanco. Maradona era el jugador de los descamisados, de los olvidados, de los villeros de Villa Fiorito. Era uno de ellos y nunca lo olvidó. Messi, en cambio, vende relojes de lujo y juega en Miami. Para algunos argentinos a la izquierda del centro, eso es traición.

A la inversa: quien prefiere a Messi suele valorar el profesionalismo, la disciplina, el silencio del éxito. Son valores que se distribuyen a lo largo de todo el espectro político, pero que se encuentran con mayor fuerza a la derecha del centro. En un país que lleva décadas peleado consigo mismo, la disputa por el GOAT (el acrónimo inglés que significa “el más grande de todos”) es también una batalla cultural.

Por qué elijo a Messi — y por qué en la Argentina eso requiere algo de coraje

Nací en 1960. Lo que significa: tenía veintiséis años cuando Maradona cambió mi mundo en México. Estuve frente al televisor y lloré de pura alegría e incredulidad profunda. Y, sin embargo — o quizás precisamente por eso —, voy a decir algo que no siempre me granjea aplausos en Córdoba ni en Buenos Aires: elijo a Messi.

No porque no quiera a Diego. Sino porque, cuando quiero ver con claridad, antepongo el profesionalismo a la magia emocional. Messi es el jugador más completo: técnica, táctica, condición física. Estadísticamente, la comparación resulta casi absurda: los goles, las asistencias, ocho (¡ocho!) Balones de Oro, la Champions League, las Copas América, el Mundial 2022. Ha sacrificado su vida a un oficio al que dedicó las piernas. Con una disciplina que no admite excusas ni necesita el escándalo.

Diego fue un fenómeno. Pero los fenómenos son también destructivos. Maradona se consumió a sí mismo, y la Argentina sufrió con él, con amor verdadero, profundo, pero también con una suerte de complicidad colectiva. No lo protegieron. Aplaudieron sus excesos porque eran tan deliciosamente argentinos: ruidosos, exagerados, autodestructivos, poéticos.

Messi, en cambio, demostró que la grandeza puede alcanzarse sin tragedia. Ese es, creo, el mejor mensaje.

Sé que muchos compatriotas opinan lo contrario. Y lo respeto. Siempre y cuando se disfrute el asado y no se tenga un cuchillo en la mano.

El santo y el pecador: por qué Diego es amado sin condiciones

Messi lleva una vida ejemplar. No bebe, no fuma. Está casado, tiene tres hijos, es el primero en llegar al entrenamiento y el último en irse. Durante años, los hinchas le reprocharon exactamente eso: no sus escándalos, sino su ausencia. Lo encontraban demasiado frío, demasiado distante, demasiado catalán.

Diego, en cambio, no omitió ningún escándalo. Cocaína, sobrepeso, amistades estrafalarias, affaires, un deterioro físico y anímico que partía el corazón. Y, sin embargo –o quizás precisamente por eso– , la Argentina lo amó sin condiciones. La razón es más compleja de lo que podría parecer. Diego era el pibe de oro del barrio pobre de Villa Fiorito. Se hizo rico, famoso, venerado y se quebró en el camino. Eso los argentinos lo conocen. Con él, un pueblo sufrió, rezó y tembló. Eso une más que cualquier título.

Messi nunca tuvo esa hipoteca emocional. Creció en Rosario, sí. Pero se forjó en Barcelona. Los argentinos lo mantuvieron a distancia durante mucho tiempo. Hasta Qatar 2022. Hasta aquella final contra Francia que detuvo el corazón. Después de eso, Leo fue, por fin, uno de los suyos. Del todo.

Instagram versus nostalgia: cómo el algoritmo desplaza el debate

Hay una dimensión de este debate que rara vez se verbaliza abiertamente: el marketing. Messi es hoy uno de los rostros deportivos más explotados comercialmente en el mundo. Adidas, Pepsi, Louis Vuitton, Inter Miami. Su imagen está impecablemente curada, distribuida globalmente, permanentemente vigente. En las redes sociales domina el algoritmo por pura presencia: sigue jugando, sigue anotando, sigue publicando.

Maradona está muerto. Suena brutal, pero es una realidad digital: quien ya no aparece en Instagram pierde gradualmente el contacto con cada nueva generación. Las plataformas favorecen lo actual, lo inmediato, lo compartible. El legado de Diego vive en compilaciones de YouTube y en la memoria de quienes estuvieron. No es poco, pero implica una desventaja estructural frente a un jugador vivo que — como ante Austria — genera contenido nuevo en cualquier momento.

Lo que ocurre en ese proceso es un desplazamiento silencioso: los seguidores de Maradona son empujados, sin quererlo y sin advertirlo, hacia ese cajón en el que la Argentina guarda sus grandes pasados: la nostalgia tanguera, las fotos en sepia, las leyendas que se veneran sin conocerlas realmente. Diego se convierte en el Astor Piazzolla del fútbol: inmortal, admirado, y consumido cada vez más por quienes jamás vivieron el original.

No es una descalificación. Piazzolla es extraordinario. Pero es una clase de grandeza distinta a la que se ve cada sábado en la pantalla. Si eso es justo, es otra pregunta. Las redes sociales no se preguntan por la justicia.

La muerte de Diego y los médicos — una herida abierta

El 25 de noviembre de 2020, Diego Armando Maradona murió en su casa de Tigre, al norte de Buenos Aires. Tenía sesenta años. La Argentina se detuvo.

Lo que vino después fue doloroso de otra manera: las investigaciones revelaron que su médico tratante, Leopoldo Luque, y varios otros miembros del equipo médico posiblemente actuaron con negligencia grave. Vacíos en la vigilancia, documentación incompleta, omisiones en el seguimiento postoperatorio de una operación cerebral. El proceso judicial continúa.

¿Cómo procesan los hinchas todo esto? Con ambivalencia. La ira es real; “lo mataron” es una frase que se sigue oyendo en Buenos Aires hoy, en bares, en taxis, en la calle. Esa ira tiene su legitimidad. Quien no brinda la diligencia debida a un paciente en estado tan frágil carga con responsabilidad.

¿Pero Diego mismo? Permanece intocable. Ningún proceso, ningún peritaje, ningún expediente revelado menguará su grandeza. Los argentinos separan eso con mucha pulcritud: los médicos podrán ser culpables. Diego es sagrado. Esto no es lógica. Es folklore. Y lo digo sin el menor asomo de burla.

Messi con casi 39 años — y lo que los hinchas esperan de este Mundial

Lionel Messi cumplió 39 años este miércoles 24 de junio, en pleno Mundial. Para casi cualquier otro jugador, la cifra sería la prueba de que ha llegado la hora de entregar la camiseta. Con Messi, los argentinos cuentan de otro modo.

Todavía está. Todavía juega. Y todavía convierte — nada menos que cinco veces en los dos primeros partidos, con lo que Leo superó con 18 goles el récord mundialista de Miroslav Klose (16). En el Inter Miami sigue mostrando momentos que hacen enmudecer. Las piernas quizás sean más lentas. La cabeza, el ojo, el primer toque, la precisión, inalterados. La Argentina cree en él porque quiere creer en él. No es esperanza ingenua. Es la lealtad de una nación hacia el hombre que en 2022 le dio lo que había deseado durante treinta y seis años.

Del equipo, los hinchas esperan más. El plantel es joven, hambriento, talentoso. Lautaro Martínez, Julián Álvarez, Enzo Fernández, Cristian Romero: no solo llevan las camisetas, llevan la exigencia del campeón vigente. La Argentina cree que puede ganar incluso sin Messi. Solo espera no tener que demostrarlo.

Como campeón defensor, uno entra en un torneo con una sensación peculiar: la presión es mayor, el hambre menor, al menos en algunos. Lo vivimos en 1990: subcampeones, tras el triunfo de 1986. No hay que hartarse. El entrenador Scaloni lo sabe. Los jugadores lo saben. Los hinchas también.

Y al final del día, cuando el asado se enfría y el debate enmudece, queda una verdad que comparten todos los argentinos: este país tuvo la fortuna de producir a dos jugadores extraordinarios que no deberían ser comparados en ningún orden racional. Maradona fue una tormenta. Messi es un río. La tormenta ha pasado; su energía pervive en la nostalgia, con toda la belleza y toda la melancolía que encierra esa palabra. El río sigue fluyendo. Eso es un privilegio que deberíamos disfrutar antes de que también él desemboque en el mar.

Ver nota completa