A medida que avanzamos en el segundo trimestre de 2026, las placas tectónicas de la geopolítica mundial se están desplazando a una velocidad sin precedentes. Para Pakistán, este año no es simplemente un capítulo más en su historia diplomática, sino un momento decisivo. Con la presidencia de la India en los BRICS, la atención sobre la inminente adhesión de Islamabad ha pasado de ser una aspiración discreta a una estrategia económica de alto riesgo. En un mundo cada vez más multipolar, unirse a este bloque ya no es un lujo, sino una necesidad.
La XVIII Cumbre de los BRICS llega en un momento en que el grupo se ha expandido hacia un marco más amplio, el BRICS+. Con la incorporación de nuevos miembros como Indonesia, junto con Irán y los Emiratos Árabes Unidos, el bloque representa ahora una parte significativa de la población mundial y controla casi el 40% de las reservas de petróleo. Para Pakistán, permanecer fuera de este círculo en constante evolución conlleva riesgos que van más allá de la exclusión diplomática; limita el acceso a un mercado interno en expansión que se orienta cada vez más hacia el comercio en moneda local y reduce su dependencia del dólar estadounidense.
La candidatura de Pakistán ha cobrado impulso gracias a su reciente resurgimiento diplomático. En los últimos dos años, Islamabad ha desempeñado un papel constructivo en la distensión de las tensiones en Asia Occidental, posicionándose como un mediador discreto entre actores clave como Estados Unidos, Israel e Irán. Esto refleja un nivel de madurez estratégica que ha fortalecido la posición de Pakistán a nivel mundial. El apoyo de miembros clave de los BRICS, como China y Rusia, refuerza aún más sus perspectivas, allanando potencialmente el camino para obtener, al menos, el estatus de país socio.
Sin embargo, la naturaleza consensual de los BRICS plantea un desafío importante. Como presidente, India ejerce una influencia considerable, y las tensiones históricas sugieren cierta reticencia a apoyar la entrada de Pakistán. No obstante, la dinámica general parece estar cambiando. Países como Brasil, junto con China y Rusia, abogan por una plataforma más inclusiva del Sur Global. En este contexto, una oposición frontal podría acarrear costos diplomáticos para India. Por lo tanto, Pakistán debe superar las rivalidades regionales y presentarse como un corredor económico vital que conecte el Medio Oriente, rico en energía, con los centros industriales de Asia.
Desde el punto de vista económico, la justificación para unirse es convincente. El Nuevo Banco de Desarrollo ofrece una alternativa a los prestamistas tradicionales como el FMI, proporcionando financiación con menos condiciones. En una era cada vez más marcada por la geoeconomía, la ubicación estratégica de Pakistán, sus rutas marítimas y su población joven constituyen ventajas que se alinean con las prioridades de los BRICS en materia de conectividad, comercio y desarrollo digital. En definitiva, 2026 se perfila como un año decisivo para la diplomacia económica de Pakistán.
El éxito dependerá de demostrar estabilidad interna y una reforma económica sostenida. Si Islamabad logra sortear las complejidades de la presidencia de la India con la misma destreza que ha demostrado en la mediación regional, podría finalmente consolidar su lugar dentro de este influyente bloque. La oportunidad es significativa, y el costo de desaprovecharla podría ser igualmente grave.
* Sheeraz Mehdi,* Abogado y economista de Pakistán, analista e investigador en política internacional..Ver nota completa

