El informe más reciente de Gallup, publicado el 3 de abril de 2026, ofrece precisamente este tipo de indicio: por primera vez en casi dos décadas, China ha superado a Estados Unidos en la aprobación global de su liderazgo: 36 % frente a 31 %.
Una lectura superficial sugiere un ascenso de China. Una lectura atenta revela algo más profundo: no se trata simplemente de un ascenso relativo de Pekín, sino de una erosión acelerada de la legitimidad internacional de Washington. Lo que está ocurriendo es un cambio estructural.
Las cifras son inequívocas. Mientras China mantiene una trayectoria de estabilidad, Estados Unidos se enfrenta a un fuerte declive, acompañado de niveles récord de desaprobación. Aún más revelador es el hecho de que este declive se produzca entre aliados históricos, lo que pone de manifiesto una crisis de confianza en el núcleo del sistema occidental. Ya no se trata de desacuerdos aislados, sino de un agotamiento estratégico.
Sin embargo, existe un factor agravante que a menudo se pasa por alto: los datos reflejan las percepciones de 2025 y no incorporan eventos críticos de 2026. Entre estos se encuentran decisiones unilaterales de política exterior: el aumento global de los aranceles, el debilitamiento de los compromisos multilaterales, el apoyo
continuo al genocidio en Gaza y, sobre todo, la escalada militar en Irán: una guerra de elección, asimétrica y de racionalidad cuestionable.
Si Irak representó el inicio del debilitamiento de la hegemonía estadounidense, Irán podría llegar a simbolizar su agotamiento. No por una derrota militar convencional, sino por la pérdida de legitimidad. Las guerras de esta naturaleza ya no generan orden, sino fragmentación, desconfianza y un daño irreparable a la reputación. En definitiva, son el cementerio de los proyectos hegemónicos.Sin embargo, atribuir el progreso de China únicamente a los errores de Estados Unidos sería un análisis insuficiente. Pekín ha cultivado constantemente herramientas de proyección de imagen que refuerzan su aceptación internacional. La Iniciativa de la Franja y la Ruta ha ampliado la presencia de China en la infraestructura y la conectividad globales; su papel de liderazgo en la transición energética y las tecnologías verdes proyecta una imagen de modernidad y responsabilidad; y su diplomacia económica —que combina finanzas, comercio e inversión— ofrece soluciones concretas a los países que buscan el desarrollo.
Además, la postura de China de no imponer explícitamente modelos políticos y su énfasis en los principios de soberanía y no intervención tienen especial resonancia en el Sur Global, donde el recuerdo de las intervenciones externas sigue muy presente. Pekín no cuestiona su legitimidad mediante la proclamación de valores universales, sino mediante la consecución de resultados tangibles.
Es precisamente en este punto donde emerge el papel de los BRICS como una estructura para la reorganización del orden internacional. Lejos de ser una alianza tradicional, los BRICS funcionan como una plataforma de coordinación entre economías que buscan ampliar su autonomía estratégica y reducir las vulnerabilidades sistémicas. La expansión del grupo y el fortalecimiento de sus propios mecanismos financieros señalan la construcción gradual de alternativas a la arquitectura dominada por Occidente.
Para Brasil, este movimiento representa una oportunidad histórica. Al unirse a los BRICS y profundizar su relación con China, el país se posiciona como un actor relevante en un orden en constante transformación. Se trata de un punto de inflexión estratégico: de participante periférico a agente de articulación.
En este contexto, la relación sino-brasileña adquiere una profundidad estructural. Va más allá del comercio de materias primas y se extiende a las inversiones, la infraestructura, las energías limpias y la innovación. La complementariedad entre ambas economías crea las condiciones para una asociación a largo plazo capaz de generar beneficios no solo económicos, sino también geopolíticos.
Al mismo tiempo, la pérdida de previsibilidad en Estados Unidos abre espacio para una diplomacia brasileña más asertiva. El costo de la alineación automática aumenta, mientras que la diversificación de alianzas se vuelve imperativa. Brasil puede, por lo tanto, actuar como puente entre polos, maximizando su autonomía y relevancia.
Si esta dinámica se consolida, la pregunta dejará de ser quién lidera y se convertirá en quién ofrece estabilidad en un sistema cambiante. En este escenario, la llamada "victoria silenciosa" de China se revela menos como una imposición y más como la consecuencia de un mundo que ya no acepta centralidades exclusivas. Esta es, sin duda, la principal conclusión del informe Gallup.
Para Brasil, la elección es clara: o permanece anclado en un orden descendente, o participa activamente en la construcción del siguiente. Porque, en momentos de transición histórica, no son los más fuertes quienes definen el futuro, sino quienes mejor comprenden su tiempo.
* Marcus Vinícius de Freitas es Profesor de Derecho y Relaciones Internacionales. Actualmente es profesor visitante en China Foreign Affairs University. Ver nota completa
