Revolución tecno-productiva y socialismo de mercado
Deepseek no es un hecho aislado. Al igual que BYD en autos eléctricos, antes Huawei en 5G o el liderazgo de empresas chinas en las tecnologías vinculadas a la transición energética, es la expresión de un ecosistema tecno-productivo consolidado, sostenido por: la planificación estratégica de largo plazo (Planes Quinquenales, Made in China 2025, Plan de Desarrollo de Inteligencia Artificial de Nueva Generación); la inversión estatal masiva en ciencia y tecnología (más de 150.000 millones de dólares en IA) y su liderazgo global (1); la articulación estratégica entre empresas públicas y privadas integradas, junto con universidades y centros tecnológicos; un núcleo industrial cuyo volumen duplica al de Estados Unidos en términos nominales; y una fuerza de trabajo altamente calificada y con capacidades organizacionales avanzadas.
Asistimos al despliegue de otro modo de producción/acumulación/desarrollo, que aparece bajo el concepto de socialismo de mercado. Este articula una inmensa economía de mercado, con la planificación estratégica estatal desarrollada a un nuevo nivel y grandes empresas y conglomerados públicos que están en el corazón de la economía nacional (Dussel Peters, 2022). Es también importante el protagonismo comunitario o local en la base (Bell, 2015), a partir de una enorme capacidad de descentralización de los procesos de implementación de los grandes lineamientos centrales (Raman, 2022). Esta combinación contradictoria es fundamental para llevar adelante objetivos de desarrollo de sus fuerzas productivas, a la vez que opera bajo la eficiencia relativa que impone el mercado, así como incorpora objetivos de bienestar social relativo. La influencia programática de la llamada “neoizquierda”, a partir del ascenso de Xi Jinping, resultó central en este último aspecto, lo que se tradujo en el impulso de importantes reformas (Rosales, 2020, p. 124).
En este modelo, las empresas del sector público representan en torno al 30 % del empleo, pero controlan el 45 % de los activos, mientras que el sector privado nacional y las asociaciones con transnacionales representan un 35 %, y, la combinación público-privada, el 20 %. Además, el concepto de “privado” es un tanto diferente del Occidental, teniendo en cuenta la participación dentro de las grandes empresas privadas de comités del Partido Comunista Chino o la influencia orientativa de los Planes Quinquenales. El núcleo del sector público está representado en las 38.400 compañías que controlan la Comisión estatal para la supervisión y administración de los activos del Estado (SASAC, por sus siglas en inglés) por medio de 100 grandes conglomerados (Molinero, 2021; Jabbour et al., 2023). SASAC es el centro de mando del sistema industrial chino, clave para entender las innovaciones institucionales que permitieron un salto cualitativo en términos de modelo de desarrollo. Por otro lado, el control nacional de las finanzas le permite a China no perder gran parte del excedente que se produce en procesos de extroversión típicos de las periferias y le otorga la capacidad de sostener programas de inversión masiva y planes de desarrollo.
Ello no quiere decir que el modelo chino no tenga sus problemas y contradicciones, como se observó en la burbuja del sector inmobiliario. Pero hay una diferencia clave: mientras que en el capitalismo neoliberal la solución se centra en rescatar al gran capital (que conduce el Estado), socializando los costos entre el conjunto de la sociedad, en China la gestión es completamente diferente y los privados pagan los costos. En el primer caso, el apoyo gubernamental tiene como propósito favorecer a los principales conglomerados privados, apalancándolos en su proceso de acumulación patrimonial; en el segundo, el Estado chino direcciona su apoyo hacia objetivos que van más allá de los intereses de uno u otro grupo empresarial, enfocándose en promover capacidades para que estos produzcan de forma competitiva, pero con el fin de alcanzar objetivos estratégicos de desarrollo y/o de atender necesidades sociales de forma eficiente y sustentable (Merino, Bilmes y Barrenengoa, 2024). Además, la competencia interna en China tiene un papel fundamental, ya sea entre ciudades y provincias en la implementación efectiva de los planes de desarrollo y crecimiento, como también en la competencia entre empresas tanto públicas como privadas y mixtas.
Para Jabbour y Gabriele (2021) se trata de una nueva forma de socialismo que integra elementos de mercado, planificación estatal y centralidad del sector público, dando lugar a una nueva Economía de Proyectamiento. Es decir, China representa una nueva formación económico-social, un modo de producción socialista dominante, pero que no se inscribe dentro de las tradicionales definiciones de socialismo y, por supuesto, tampoco dentro de las definiciones de capitalismo, aunque existan en su seno elementos del modo de producción capitalista.
En resumen, los aspectos fundamentales de este modo de producción/acumulación/desarrollo emergente (que no está exento de importantes contradicciones internas y desafíos en un mundo en guerra) son:
- la planificación estratégica llevada a un nuevo nivel y la conducción de la inversión, que va de la mano con la administración del excedente económico;
- el lugar central del sector público y la combinación con distintas formas de propiedad (capitalistas y no capitalistas);
- la forma de organizar una inmensa economía de mercado y la competencia en relación con objetivos de desarrollo;
- la capacidad de descentralización bajo una conducción central y las fortalezas de las instancias locales;
- las destrezas, la formación y las capacidades organizacionales de su fuerza de trabajo.
BRICS+
En 2020, el año de la pandemia, se produjo un hecho simbólico en la economía mundial: los países parte del BRICS superaron a los países del G7 (2) en la participación porcentual de sus respectivas economías (PIB-PPA). Esta es solo una de las dimensiones en las que se expresa el proceso de transformación del sistema mundial, que tiene a los BRICS en su centro (Wang y Chen, 2024).
Los BRICS articulan, a partir de 2009, luego de la gran crisis financiera global, a grandes países semiperiféricos de tamaño continental, que inician una insubordinación política al orden mundial unipolar neoliberal dominado por Estados Unidos y el Norte Global. Esta insubordinación, que combina a actores más cautelosos y otros más radicales, varía de acuerdo a las correlaciones de fuerzas políticas en el interior de los países miembros y se expresa en crecientes demandas de reformas del orden existente, sobre la base de una nueva realidad en la estructura de poder mundial, así como también en la construcción de nuevas instituciones y ordenamientos multilaterales (Merino, 2024; Merino y Jiang, 2025).
Los BRICS no son un bloque económico, ni un bloque geopolítico, ni siquiera una alianza político-militar, sino más bien un “bloque histórico”, en el sentido de que articulan la acción de un conjunto de fuerzas sociales, mediadas por los grandes Estados continentales emergentes junto con otros de menor escala, que promueven, de forma más o menos “consciente” y a partir de proyectos políticos dispares, una transformación del sistema mundial y de su orden político. Este “bloque histórico” emergente, profundamente heterogéneo como característica estructural, tiene como elemento unificador la oposición de sus miembros al control monopolístico por parte del Norte Global, bajo la hegemonía de Estados Unidos, a las actividades estratégicas sobre las que se estructura la economía mundial y sobre las que se establecen las jerarquías en la división internacional del trabajo y en el sistema interestatal. En este sentido, el ascenso de los BRICS indica un proceso de redistribución del poder en el sistema mundial. Según el ministro indio de Asuntos Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, en una conversación con el Council on Foreign Relations (2023): […] “en la última década ha cambiado el dominio de Estados Unidos en el mundo y su poder relativo frente a los demás. Y es lógico, porque como el mundo se ha vuelto, en cierto modo, más democrático, si las oportunidades están disponibles más universalmente, entonces es natural que surjan otros centros de producción y consumo y haya una redistribución del poder en el mundo. Y eso ha ocurrido”.
La expansión de los BRICS (BRICS+), que se consolida en la Cumbre de Kazán (Rusia) en 2024 y en la Cumbre de Río de Janeiro (Brasil) en 2025, significa que la insubordinación frente al viejo orden que se extiende a otros territorios del Sur Global (países periféricos y semiperiféricos), con importantes implicaciones en distintas regiones geopolíticas: “Oriente Medio” o la región central de Afro-Eurasia, el Sudeste asiático, el continente africano en diferentes regiones (septentrional, oriental y occidental), América del Sur y el Caribe. Desde la cumbre de Sudáfrica en 2023, los BRICS+ sumaron como miembros plenos a Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Indonesia e Irán. Arabia Saudí forma parte de las cumbres y aparece en la página oficial como miembro pleno, aunque todavía no ha aceptado formalmente la invitación. También se sumaron alrededor de nueve países socios y están por incorporarse en dicha categoría cuatro países más.
Figura 1 Países que formaron parte de la Conferencia de Bandung (1955) y centro actual del crecimiento económico mundial
Según el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, los BRICS+ continúan la herencia histórica del Movimiento de Países no Alineados, vinculado al llamado espíritu de Bandung, en referencia a la Conferencia celebrada en Indonesia, en 1955, que reunió a un conjunto de países de Asia y África recientemente independizados. Pero si esa reunión marcaba la puesta en marcha de una voluntad política histórica surgida en las periferias más rezagadas del sistema capitalista moderno, con condiciones económico-sociales muy precarias, desde entonces dichas condiciones se han modificado profundamente otorgando otra materialidad al despliegue de dicha voluntad. Más aún, el centro actual del crecimiento económico global desde el año 2008 está en China, India y otros países del Sur y Sudeste de Asia —el núcleo político de Bandung (3), conformando un círculo en el que se concentra, además, más de la mitad de la población mundial (ver Figura 1). Por otro lado, cinco de las diez primeras economías del mundo (PIB-PPA) son países del BRICS+: la primera es China, la tercera es India y la cuarta es Rusia. En conjunto, los BRICS+ representa el 40 % del PIB mundial, 51 % de la población, un tercio de la superficie del planeta y 44 % de la producción de petróleo.
La incorporación a los BRICS+ de cuatro países de “Oriente Medio” y tres de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) es importante por el papel central de la región en la exportación de hidrocarburos. También implica el ingreso de la cultura islámica, tanto árabe como persa, lo que profundiza el lugar de los BRICS+ como espacio concreto de diálogo de civilizaciones o grandes culturas. “Oriente Medio”, o la región central de Afro-Eurasia, constituye un centro logístico clave a nivel mundial, tanto en el presente como en términos históricos. El mundo islámico constituyó el Puente del Mundo entre los años 650 y 1800, a través del cual muchas mercancías y dinero —pero también ideas y tecnologías— pasaron del Oriente hacia el Occidente (Hobson, 2004, p. 38). Hoy tiende a volver a ocupar dicho lugar.
En plena Guerra Fría, la región fue considerada un shatterbelt —cinturón de quiebra y disputa— por algunas de las principales figuras del pensamiento estratégico estadounidense (Cohen, 1982). Y en el siglo XXI continuó siendo un territorio clave en la lucha por el poder mundial, marcado por la fragmentación y la falta de consenso político, donde los principales actores geoestratégicos compiten por la influencia, al tiempo que entran en el juego las propias potencias regionales. Sin embargo, algunas de sus acciones recientes y el propio ingreso de cuatro países a los BRICS+ pueden marcar otro camino como espacio emergente.
La presencia de China es cada vez mayor, convirtiéndose en el principal actor económico externo en la región central de Afro-Eurasia. El acuerdo entre Irán y China en 2021 es un hito importante en la consolidación de su influencia político-económica y de su capacidad autónoma con respecto a Estados Unidos. También son destacables los acuerdos de Pekín con Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU), que incluyen el pago en yuanes de los hidrocarburos importados por China. Un paso en la reconfiguración estratégica regional fue el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Irán y Arabia Saudí bajo la mediación de China y la consiguiente relajación de las tensiones entre estos dos actores, que protagonizaban un conflicto regional permanente. Esto resulta clave para el avance del corredor China-Asia Central-Asia Occidental de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que va desde la provincia china de Xinjiang hasta el Mar Mediterráneo, pasando por Irán, Irak, Siria, Arabia Saudí y Turquía, entre otros países.
(1) Según el Stanford (2025), China es responsable del 23,2 % de los artículos científicos publicados sobre la IA en el mundo (EE.UU. ostenta el 9,2 %). Además, China ostenta el liderazgo mundial en el número de patentes de IA registradas entre 2010 y 2023, con el 68,7 % (EE.UU. ocupa el segundo lugar con el 14,2 %), mientras que la región de Asia del Este y el Pacífico concentra el 82,4 %.(2) Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá.
(3) La Conferencia de Bandung fue una reunión de 29 países de Asia y África celebrada en Indonesia en abril de 1955, para discutir y coordinar políticas frente a la Guerra Fría y promover la cooperación económica y cultural, tras protagonizar procesos de descolonización y revoluciones nacionales y sociales. Fue un evento crucial que marcó la primera vez que naciones del Sur Global se reunieron sin potencias occidentales, sentando las bases para el futuro Movimiento de Países No Alineados.

