El fin del mundo unipolar
En el libro “Rusia: el regreso de una potencia”, Teurtrie (2024) se pregunta por qué las élites occidentales decidieron la expansión de la OTAN hasta las fronteras con Rusia sabiendo lo que esto implicaba. Esto nos lleva a la cuestión de la brecha existente entre, por un lado, las representaciones del mundo y la voluntad de los actores del drama histórico y, por otro lado, las condiciones existentes. Esta brecha solo se resuelve en la competencia/lucha efectiva.
“La clarividencia de los opositores a la ampliación [de la OTAN], que anticiparon punto por punto lo que se observa en Europa veinte años después, plantea interrogantes sobre las motivaciones de quienes la apoyaron, perfectamente conscientes de estos argumentos: ¿los rechazaron bajo el pretexto de que Rusia era percibida como una potencia en declive irreversible? ¿O los ignoraron deliberadamente, asumiendo que reactivar la tensión con Moscú era el mejor medio para mantener la hegemonía estadounidense en Europa? Probablemente una mezcla de ambas razones, ya que la confrontación con un adversario debilitado implica un coste relativamente bajo para unos beneficios geopolíticos considerados mucho mayores” (Teurtrie, 2024, p. 215).
Ya en 1998, cuando estaba en apogeo el debate sobre la expansión o no de la OTAN, Jaguaribe (1998) veía dos escenarios posibles en dicho punto de bifurcación histórico: el avance de Estados Unidos hacia un imperio mundial o el establecimiento de un “directorio” o “concierto” mundial plural, es decir, un sistema multipolar. Comenzaba a vislumbrarse en el horizonte cercano la contradicción unipolaridad-multipolaridad, como también la contradicción Norte Global-Sur Global. Como expresión de este incipiente proceso histórico, por un lado, en mayo de 1997, China y Rusia emitían una declaración conjunta en el Consejo de Seguridad de la ONU afirmando la necesidad de construir un orden multipolar mientras, por otro lado, Estado Unidos y el Occidente geopolítico habían decidido avanzar en la expansión de la OTAN 1.
Durante 2025 uno de los hechos que definieron el teatro de operaciones del frente fue el colapso y la retirada masiva del ejército ucraniano de Kursk, el óblast ruso que Kiev ocupó en una pequeña parte fronteriza. Con ello, Ucrania perdió una carta que pensaba usar de cara a la negociación de paz con Rusia. Incursionar en Kursk fue el último intento para recuperar la iniciativa estratégica e intentar obligar a Rusia a debilitar el frente del Dombás, al tener que redireccionar tropas y recursos para cubrir el nuevo frente. Eso no sucedió y, por el contrario, agudizó los efectos de la guerra de desgaste en su contra. Paradojas de la historia, durante la II G.M., en Kursk, se desarrolló en 1943 la mayor batalla de tanques de todos los tiempos y fue la última gran ofensiva en profundidad de Alemania. La victoria decisiva del Ejército Rojo le dio a Moscú la iniciativa estratégica para el resto del conflicto, poniendo a la defensiva al ejército alemán, lo que terminó dos años después con la bandera soviética flameando en Berlín. Hoy el escenario es muy distinto, pero parece ser un símbolo, al menos para las siguientes décadas, del fin del mundo unipolar y de la utopía del Imperio Global.
Trump 2.0: el declive agresivo de los EE.UU. y la cuestión hemisférica
Arrighi (2007) observa que una crisis de hegemonía se produce cuando el Estado hegemónico pierde la capacidad, ya sea por falta de recursos (medios) o de decisión (voluntad) —o ambas—, de seguir liderando un sistema de Estados en una dirección que beneficie a su propio poder y al poder colectivo de los grupos dominantes del sistema mundial. Precisamente, lo que pone con total evidencia el trumpismo, como expresión de las fuerzas “nacionalistas-americanistas” es que Estados Unidos ya no puede, ni quiere —expresión subjetiva de una situación objetiva— sostener los pilares del ciclo de hegemonía iniciado en 1945. Es más, busca destruir dichos pilares, enfrentándose a las fuerzas globalistas e intentando ajustarse a su manera a una nueva situación del mapa del poder mundial. Su voluntad es “Hacer Grande a Estados Unidos de Nuevo” (Make America Great Again), aunque ello golpee a aliados, destruya organismos multilaterales desarrollados para asegurar la hegemonía estadounidense o sacuda la economía capitalista mundial.
El trumpismo lleva a la crisis el sistema de alianzas con Europa Occidental y Japón y Corea del Sur, que fueron clave para construir la hegemonía estadounidense, consolidando la primacía en Eurasia. El G7 y la categoría Norte Global son un producto de este diseño, en tanto dichos protectorados militares, subordinados estratégicamente a Washington, eran al mismo tiempo centros económicos del capitalismo mundial liderado por Estados Unidos. Ahora, estos países son vistos como economías competitivas que “destruyen” la industria estadounidense e incluso Trump llegó a afirmar que la Unión Europea era mucho peor que China. Además, para la actual administración de Estados Unidos, los costos de sostener su poderío militar son cada vez más altos, por lo que exige a sus protectorados pagar más por su “defensa” o “protección”, así como aceptar condiciones unilaterales impuestas por Washington en materia comercial o en cuestiones geoestratégicas, incluso en contra de sus intereses. En otras palabras, “Hacer Grande a Estados Unidos de Nuevo” implica, necesariamente, hacer más pequeños a sus protectorados o vasallos. Lo mismo sucede con el denominado “patio trasero” latinoamericano, pero en su versión periférica, donde busca bloquear tanto las tendencias autonomistas como la influencia de potencias extracontinentales, exacerbando la Doctrina Monroe y su principio de América para los (norte)americanos.
El proteccionismo como indicio
Los Estados Unidos de Trump ya no intentan ubicarse como el paladín del libre comercio y centro coordinador de la economía mundial, así como eje del sistema multilateral. De hecho, en buena medida ya no lo eran o no lo podían ser. Pero ahora tampoco lo disimulan y la escalada en la guerra comercial es un claro ejemplo. Resulta interesante establecer cierto paralelismo con la experiencia histórica de declive del Imperio Británico, del cual Estados Unidos fue heredero. En 1903 surgió la Liga de la Reforma Tarifaria dentro del Partido Conservador del Reino Unido, al calor de la pérdida de competitividad frente a Estados Unidos y Alemania por parte de la otrora hegemónica burguesía industrial británica. Como ahora, ello generaba preocupaciones sobre la “seguridad nacional”. La era del libre comercio iniciada en 1846, cuando el Imperio Británico conquistó la absoluta primacía industrial y consolidó su lugar de hegemón, terminó en 1914; pero fue en 1931 cuando se impuso finalmente la reforma proteccionista promovida por la Liga de la Reforma Tarifaria, expresando el quiebre de su hegemonía. A su vez, Londres hizo pagar a sus colonias y semicolonias los costos de su declive y de la guerra. Un ejemplo de ello fue el pacto Roca-Runciman firmado con Argentina en 1933, por el cual, con la simple promesa de comprar carne argentina a los niveles reducidos de la época de la Depresión, Buenos Aires acordó reducir los aranceles de casi 350 productos británicos a los de 1930 y abstenerse de imponer aranceles a las principales importaciones, como el carbón, deteriorando la economía nacional de manera indisimulable.
Si miramos a la potencia norteamericana, las fuerzas proteccionistas resurgen a fines de los 80, en las batallas por el acero contra Japón, un protectorado que era visto en esos años como una amenaza para el liderazgo económico estadounidense. El abogado Robert Lighthizer, representante de comercio de los Estados Unidos en la administración de Donald Trump desde 2017 hasta 2021, fue una pieza clave en esas batallas, representando al sector siderúrgico de su país. Si entre 2001 y 2008 se pone de manifiesto la crisis estructural del ciclo de hegemonía iniciado en 1945, fue recién en 2017-2018, durante el primer gobierno de Trump, cuando se impone el proteccionismo neohamiltoniano como política de Estado. Ello queda claro con el lanzamiento de la Guerra Comercial en 2018 (que también es una guerra tecnológica y económica general), el vaciamiento de la Organización Mundial de Comercio, la retirada estadounidense del Tratado Transpacífico (TPP) y la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en función de los intereses de Washington y en contra los de México, entre otras cuestiones. Estados Unidos decretó el fin del “libre comercio” como política central que imperó desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La administración Biden mantuvo la política de aranceles impuesta por Trump y los acuerdos que dieron lugar al TLCAN 2.0, aunque con perfil más bajo desde lo discursivo, al tiempo que profundizó la guerra tecnológica contra China y la guerra económica a través de sanciones contra Rusia.
Los objetivos de la guerra comercial
La guerra comercial no empezó el 2 de abril de 2025, el “día de la liberación” según Donald Trump. Lo que ahí se decreta es una gran escalada global, un gran golpe para intentar imponer los intereses estadounidenses, aunque posiblemente haya dejado también en evidencia ciertas debilidades, sobre todo frente a China. Hay cuatro objetivos fundamentales que llevan a esta escalada, cuya política central son los aranceles a las importaciones:
- El intento por frenar el proceso de desindustrialización de Estados Unidos, una tendencia secular que se profundizó en los últimos años. China ya representa el 31,8 % del PIB industrial mundial y Estados Unidos el 17,4 %, y, a precios de poder adquisitivo, la diferencia es mayor. Esta realidad se percibe como un gran problema de “seguridad nacional” en Washington, ya que la debilidad industrial se traduce en debilidades en defensa y en el desarrollo tecnológico.
- La necesidad gubernamental de aumentar la recaudación pública con el objetivo de achicar un enorme déficit fiscal mediante un impuesto indirecto a los consumidores, que busca evitar aumentar los impuestos a las grandes corporaciones. Este déficit se financia con un endeudamiento público que se ubica en cifras muy altas. La deuda pública total llegó en 2024 a los 36,2 billones de dólares sobre un PIB nominal de 29,2.
- Establecer negociaciones bilaterales para imponer los intereses de Washington frente a una contraparte más débil. Estados Unidos todavía posee el principal mercado nacional a precios corrientes. Además, en muchos casos, negocia con protectorados o países subordinados en términos políticos y estratégicos.
- Generar una devaluación del dólar que otorgue más competitividad a Estados Unidos y líe la deuda pública. Detrás de estas medidas hay también una guerra de monedas. Esto ya lo hizo Estados Unidos en otras oportunidades en la historia, con los Acuerdos de Plaza de 1985. El problema es que dicho objetivo está en contradicción con la necesidad de mantener el dominio global del dólar, último gran bastión de poder que aún conserva. A diferencia de los años 1970 y 1980, hoy hay tendencias geoeconómicas y geopolíticas que apuntan hacia una posible desdolarización del sistema mundial.
Repliegue en el continente americano
La reconfiguración política y estratégica del trumpismo tiene como una de sus premisas reforzar la primacía en el llamado hemisferio occidental. La estrategia apela a una mayor presión, intervención directa, control político y presencia militar en América Latina y el Caribe. Se plantea un escenario de retorno de la política del “Gran Garrote”, con pocos incentivos —“palos sin zanahorias” (Merino, 2019)—, que se relaciona con una situación de dominación sin hegemonía (Arrighi y Silver, 1999). Estados Unidos retorna a un imperialismo territorialista y proteccionista, con aires al del siglo XIX, que busca expandir su espacio estatal continental:
- Anexar Groenlandia y Canadá para conformar un inmenso estado norteamericano, de unos 22 millones de kilómetros cuadrados y una gran cantidad de recursos naturales, con una presencia clave en el Ártico.
- Retomar el control total del canal de Panamá, punto logístico fundamental en la conexión interoceánica del hemisferio. El otro punto es el estrecho de Magallanes, por lo cual aparece Tierra del Fuego como un territorio propicio para instalar una base militar extra-OTAN o algún tipo de instalación, que reforzaría además la presencia militar angloamericana en el Atlántico Sur y su proyección hacia la Antártida.
- Renombrar al Golfo de México como Golfo de los Estados Unidos como elemento simbólico que acompaña la militarización del Caribe para reforzar su condición de mare nostrum. Estados Unidos ya destinó el 25 % de sus capacidades militares en este lugar.
- Imponer un cerco naval a Venezuela y amenazar con una posible intervención militar en nombre de la lucha contra el narcotráfico, a pesar de que los principales organismos internacionales sobre la materia consideran que Venezuela no es un actor relevante en el tema. Ahora se suma al gobierno colombiano en dicha narrativa que justifica un despliegue militar regional.
- Rescatar financieramente al gobierno de Javier Milei en Argentina, en la previa a las elecciones legislativas, con la puesta en práctica de un SWAP por 20.000 millones de dólares y la intervención directa en el mercado de cambios para sostener al peso, además de un fuerte apoyo político. Scott Bessent, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, afirmó que el recate tenía una “importancia sistémica” y que una Argentina “fuerte y estable que ayude a anclar un hemisferio occidental próspero está en el interés estratégico de los Estados Unidos” 2. Además, Bessent considera el rescate como una herramienta para “sacar a China de la Argentina”.
- Establecer acuerdos comerciales, que de acuerdo a lo publicado con Argentina, El Salvador, Guatemala y Ecuador, obligan a los países de la región a garantizar acceso preferencial a los productos de Estados Unidos; eliminar barreras no arancelarias; aceptar las certificaciones establecidas por organismos estadounidenses; garantizar un acceso preferencial a sus compañías en la explotación de minerales críticos; reforzar la legislación en materia de propiedad intelectual y patentes de acuerdo a lo solicitado por sus corporaciones, con grandes costos para las industrias locales, entre otras varias cuestiones. Ello a cambio de poder ingresar algunos productos al mercado estadounidense de acuerdo a la decisión transitoria del poder ejecutivo. Es decir, se trataría más bien de un típico tratado desigual, como el que firmaban las metrópolis con sus colonias y semicolonias, o los que se imponen ante la derrota en una guerra.
- Desplegar una guerra de aranceles contra Brasil, luego de la realización de la cumbre de los BRICS+ en Río de Janeiro y de la condena al ex presidente Jair Bolsonaro por intento de golpe de Estado.
Es todo un indicador de este repliegue sobre el hemisferio occidental, así como de las características del repliegue, que el Departamento de Estado esté conducido por el (neo)conservador Marco Rubio, ex senador de la Florida y de origen cubano, acérrimo defensor de las políticas de asedio total contra Cuba, Venezuela y Nicaragua y, en general, contra los países de la región cuyos gobiernos no están alineados con los intereses dominantes de Estados Unidos y de la Florida. En este sentido, en relación a Argentina, Rubio siempre profesó abiertamente el “anti- kirchnerismo” o “anti-peronismo” y hasta llegó a solicitar que se apliquen sanciones a Cristina Fernández de Kirchner, en una abierta injerencia en los asuntos internos. “Milei lucha contra el cáncer del comunismo”, afirmó el secretario del Departamento de Estado y Asesor de Seguridad Nacional interino en enero de 2025.
Brasil es el obstáculo principal para Estados Unidos en su búsqueda por recuperar un dominio total de la región, como parte de su repliegue estratégico. Esto no es una novedad, se trata del principal país de la región, potencia emergente protagonista de los BRICS, que presenta una autonomía relativa, una proyección regional y relaciones con el mundo emergente (especialmente con China) que incomodan a Washington. El problema para Brasil es que satisfacer los intereses estadounidenses significaría ir en contra de los propios, avanzando hacia un proceso de periferialización que debilitaría estructuralmente su lugar de potencia regional emergente.

