“Quien controla los alimentos controla a los pueblos, quien controla la energía controla los continentes, quien controla la moneda controla el mundo”. Henry Kissinger
La solitaria dignidad de Irán ante unos EE.UU. que siguen destruyendo países.
Luego de intentar contener a China por medio de distintas estrategias, finalmente Donald Trump percibió que todas ellas habían fracasado. Desde entonces y más aún en estos días, la decisión de Estados Unidos de intentar controlar la energía y los recursos minerales a escala global, para condicionar a China, parece ser el determinante de este nuevo plan de Trump.
El fracaso más estrepitoso de la “guerra de aranceles”, para condicionar el desarrollo de la República Popular China, se debió a varias razones, entre las cuales las más importantes son dos:
1) Con estas aplicaciones de aranceles, hubieran escalado los precios finales de las manufacturas e insumos utilizados en Estados Unidos con un efecto inflacionario descomunal, el que según varios economistas estadounidenses consultados, incluso dentro del propio Partido Republicano, hubiera puesto la inflación del 2026 en Estados Unidos en el orden del 20%.
La decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos de hundir los aranceles definitivamente, terminó siendo un alivio para el propio Trump, como una buena excusa donde poder esconder su fracasado plan.
2) El segundo problema irresoluble para Trump, que no terminó de entender aún lo que significó la globalización fue la imposibilidad de determinar qué productos eran totalmente estadounidenses y cuáles no, sobre todo ante la innumerable cantidad de empresas de su país que hoy tienen el eje de su producción en tierras de Mao Zedong, como por ejemplo Apple y Tesla, por citar solo algunas.
Estas derrotas de Trump lo motivaron a él y a su equipo a realizar una revisión integral de la política exterior de
Estados Unidos, heredada de los últimos tiempos demócratas y vigente hasta entonces.
Trump ya había desechado al inicio de su segundo mandato el concepto histórico de soft power y había desarmado la USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional), la principal entidad de Washington encargada de gestionar la captación de adherentes en el extranjero, bajo la pátina de un efectivo disfraz de preocupaciones por la “asistencia técnica y la ayuda humanitaria en el extranjero”. Fundada en 1961, y utilizada como herramienta política más por demócratas que por republicanos, el gobierno de Trump inició su desmantelamiento y posterior absorción por parte del Departamento de Estado, entendiendo que financiaba en el extranjero organizaciones afines al Partido Demócrata y contrarias a las alucinaciones del MAGA.
Producto de esa revisión y entendiendo, como suele señalar Greg Grandin, que Estados Unidos se acostumbró a su brutalidad y a la prerrogativa de consolidar sus proyectos internos en torno a la promesa de una expansión y control del mundo constante e interminable, Trump y su equipo alumbrarían la National Security Strategy (NSS), dada a conocer en noviembre de 2025. Un baño de realismo impune para que sus supuestos aliados y el resto de los países del mundo se enterasen oficialmente de que sus “intereses permanentes” no admiten ya pérdidas de tiempo en la discusión y promoción de valores, modos de gobierno, respeto de las leyes ni de las organizaciones multipolares, creadas después de la segunda guerra mundial.
La NSS no habla ya de aquellos “viejos valores”. No se trata de apoyar la democracia ni de preferir algún modelo de gobierno. No se trata de defender principios que el llamado “Occidente” ha dado por sentados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de proyectar un poder global que solo refleje los intereses estadounidenses. Punto final al soft power, revival triunfal a la impunidad unipolar.
En términos de política exterior, esa definición de poder se basa en una premisa transaccional que solo beneficia a los Estados Unidos. La administración Trump ha sincerado un viejo debate. Aquella presunta condicionalidad de que las alianzas con Estados Unidos requerían determinados compromisos metodológicos adquieren ahora tintes de museología. Un nuevo renacer de la oxidada Doctrina Monroe, pero ya no para su “patio trasero” latinoamericano, sino para el mundo todo.
La NSS sería complementada luego por la National Defense Strategy comunicada públicamente el 23 de enero de este 2026, en la que se establecen los lineamientos de la estrategia de Estados Unidos en materia de defensa. Este nuevo decálogo de la política exterior de Estados Unidos jerarquiza sus temas según el siguiente orden:
- La defensa del territorio nacional y del hemisferio occidental.
- La amenaza China y la situación del Indo-Pacífico.
- La exigencia de nuevos compromiso y aportes presupuestarios a los “aliados”.
- El fortalecimiento del Complejo Tecnológico Militar.
- La mención explícita de tres amenazas estratégicas: Rusia, Irán y Corea del Norte.
A partir de esas premisas, proporcionar bienes, servicios y lealtad militar al país del Norte es todo lo que se “exige” para sobrevivir a sus bombas asesinas, magnicidios o secuestros de presidentes. Ya no importa “oficialmente” ni la democracia, ni la libertad ni los derechos humanos. Lo que ya sabíamos con las noticias de las dictaduras árabes y el Plan Cóndor ahora se ha transformado en posición publica oficial.
“Estados Unidos priorizará la diplomacia comercial”, dice la NSS. El sincericidio que deja atrás para siempre el supuesto “liderazgo moral americano” y la “gobernanza global ajustada a valores”.
“Custodiaremos el Indo-Pacífico, por ser la zona de mercado más grande y dinámica del mundo” y “garantizaremos el acceso militar y comercial de Estados Unidos a zonas clave, en particular el canal de Panamá, el golfo ‘de América’ (de México) y Groenlandia” dice la NSS.
Viendo estos documentos, que son hoy la política exterior oficial de Estados Unidos y no el delirio de un marciano que aterrizó en el techo de la Casa Blanca, no queda margen alguno para la sorpresa sobre el accionar de Trump en Venezuela o en Irán.
La sorpresa se produce, en todo caso, al observar cómo la impunidad unipolar de Estados Unidos sigue plenamente vigente, reflejada en la ausencia deliberada de todo tipo de castigo para graves violaciones de derechos humanos, delitos complejos, genocidios o crímenes de guerra en tanto sean cometidos por “asociados” y ha sido concebida como parte de la NSS para proteger los intereses de las élites políticas y económicas de Estados Unidos y de sus países súbditos —los que no merecen ni siquiera el calificativo de aliados— y es hoy el ordenador actual de la geopolítica global, dónde la supremacía militar y el control geográfico del territorio siguen siendo los valores centrales del poder.
Lo sucedido en Siria, Venezuela y ahora Irán clarifica que la impunidad unipolar de Estados Unidos es hoy lo que formatea el mapa global de control de territorios, países, bienes y recursos naturales.
Todo lo demás, por ahora, no pasa del potencial “sería” “habría” o “pasaría” y, como sabemos, la geopolítica no se nutre de pronósticos, sino de análisis del presente.
En el momento actual, que es lo único que importa en geopolítica fáctica, el triunfo de la estrategia de Estados Unidos es elocuente, a lo que debe sumarse su pedagogía disciplinadora que se comprende con solo observar la suerte real de Bashar Al Asad, Maduro y Jamenei. Aquellos que no acepten las órdenes de Estados Unidos serán destituidos, encarcelados o asesinados. Aquellos que si lo acepten podrán seguir “gobernando” aunque hasta ayer hayan formado parte del “eje del mal”. Siempre habrá algún arrepentido dispuesto a sumarse a la “autocritica” protegida. No quedan muchos Salvador Allende en estos días.
Por ahora, lo único que se interpone en el triunfo estratégico de esta nueva geopolítica global de Estados Unidos es la dignidad de un país y de un pueblo como el de Irán bombardeado sin cesar desde el 28 de febrero último, ante la pasividad vergonzosa de todos los países del mundo.
Las declaraciones de los lamebotas europeos de la OTAN “cuestionando” a Trump no pasan de eso. De hecho, ningún país donde se encuentran las bases de Estados Unidos ha comunicado su decisión soberana de cerrar las mismas. Mucho jueguito para la tribuna diría un futbolero local.
Suponer que está fase de Estados Unidos es de decadencia de su influencia es un buen mensaje de optimismo, con pocos avales empíricos que lo certifiquen. La gran diferencia con los tiempos de la bipolaridad de la Guerra Fría es que entonces la Unión Soviética disputaba globalmente control territorial y estatal contra Estados Unidos y protegía de modo verificable a sus aliados. Cuba y muchos otros saben de ello.
Hoy eso no sucede porque capitalistas son todos y el nuevo mundo multipolar en construcción no pasa por ahora de declaraciones ante las atrocidades de Estados Unidos, a veces ni siquiera eso. De hecho, el dólar sigue siendo la moneda global y la principal reserva de valor a escala planetaria. Rusia es el país que tiene más dólares billete y China el que tiene más bonos estadounidenses.
La bochornosa votación del 11 de marzo en el Consejo de Seguridad, donde sin votos en contra se aprobó una resolución que exige a Teherán el cese inmediato de sus ataques contra países del Golfo, es otra prueba más de la impunidad unipolar de Estados Unidos. La resolución propuesta por Bahréin y presentada por Mike Waltz, embajador de Estados Unidos ante la ONU, señala: “Condenamos unánimemente los ataques indiscriminados de Irán contra la población civil”. Ni una palabra de Israel ni de Estados Unidos ni de sus bombardeos a Irán magnicidio y asesinatos de niños incluidos.
Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Dinamarca, Grecia, Pakistán, Panamá, Somalia, Bahréin, Colombia, Letonia, Liberia y República Democrática del Congo votaron esto. Nadie se opuso.
La impunidad debilita, si es que aún existe, al Estado de Derecho, a la democracia y al orden internacional consensuado, conceptos que por el momento parecen ilusiones metafísicas que no influyen en lo mínimo en el presente ciclo de violencia y desigualdad.
Muchos estadounidenses incluso dan cuenta de esto, el propio John Mearsheimer lo señaló con una honestidad brutal: “Matamos a 38 millones de seres humanos. Treinta y ocho millones. La ruina que hemos extendido por Oriente Medio es de una magnitud que quita el aliento. Pensar en Irak destruido, en el estrangulamiento económico que aplicamos a Venezuela, a Cuba, a Irán, destruimos Libia… Usamos nuestra fuerza financiera como arma para condenar a pueblos enteros al hambre, al dolor, a la desesperación, esperando que esa agonía los haga levantarse contra sus gobiernos para poner los nuestros. Ese es el castigo inmenso que infligimos. Y después de todo eso… ¿cómo podría alguien seguir llamando ‘noble’ a Estados Unidos?”
El deseo y la realidad no suelen ir de la mano y menos aún en geopolítica. Hasta que no se verifique lo contrario, Estados Unidos puede destruir el mundo si lo desea. Por ahora, su único escollo es el valeroso pueblo de Irán. Muy poco más.
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