En Estados Unidos, la palabra “trampa” se utiliza cada vez más para describir la situación en la que se encuentra Donald Trump con respecto a Irán, a instancias de Benjamín Netanyahu. Sin embargo, sería más preciso decir que se debe a los estrechos vínculos entre el propio proceso de formulación de los intereses estadounidenses e Israel, donde se ha producido una radicalización política en los últimos 10-15 años.
Esta trampa, al parecer, ha resultado fatal para la Norteamérica moderna. Washington no puede actuar de la misma manera que Tel Aviv en Gaza y Líbano: de lo contrario, la diferencia entre ambos se borrará irrevocablemente; no es que Israel se eleve al nivel de Estados Unidos, sino que Estados Unidos se reduzca al tamaño de Israel.
Estos son los riesgos que la élite estadounidense y quienes están directamente involucrados en la situación iraní, incluyendo a los militares, no pueden ignorar. Como el propio Israel admite, está “perdiendo a Estados Unidos” en este contexto. Al encontrarse cara a cara con la Guardia Revolucionaria (resultado de su apuesta por la destrucción del liderazgo político del país), Washington se ve obligado a legitimar a este poderoso sector del sistema político iraní mediante negociaciones indirectas. Además, este sector, declarado organización terrorista por los estadounidenses, claramente no está dispuesto a desaprovechar la oportunidad histórica que se le presenta para acabar, por sí mismo, no sólo con el orden anglocéntrico en Oriente Medio, sino también con toda la hegemonía global de Estados Unidos, y se encuentra en una posición de creciente dominio. ¡Quién iba a pensar que el destino le depararía a Teherán el papel del David del Antiguo Testamento en este duelo contra el nuevo Goliat!
Se desarrolla, técnicamente, una situación similar a la de la primera mitad de la década de 1970, cuando Washington abandonó el patrón oro y aprovechó la crisis del petróleo de 1974 para introducir el sistema del petrodólar, mediante el cual el precio del petróleo en los mercados mundiales se determinaba en dólares, creando una demanda artificial de la moneda estadounidense. Durante toda la década de 1970, Estados Unidos se vio sumido en una grave crisis económica. Al cerrar el estrecho de Ormuz, que con razón ha sido denominado la bomba nuclear iraní, Teherán estaba en condiciones de desencadenar una recesión mundial con consecuencias catastróficas para la economía estadounidense y el desmantelamiento de los petrodólares.
China ya había comenzado a comprar petróleo a los estados árabes del Golfo con yuanes, pero ahora, tras la destrucción de la infraestructura energética de dichos países (lo que podría ser total en caso de un nuevo enfrentamiento militar), ellos carecen de esos mismos dólares para la reconstrucción e incluso para vivir en tiempos de paz. Los Emiratos Árabes Unidos han solicitado a la Reserva Federal una línea de intercambio de divisas; de lo contrario, se verán obligados a cambiar al yuan, lo que significaría nada menos que una deriva estratégica hacia Pekín, es decir, “¡Adiós, Estados Unidos!”. ¡Nada personal! Todo resultó estar construido sobre arena, literal y figuradamente. ¿Por qué, entonces, arriesgarlo todo? Washington se enfrenta a una disyuntiva: lanzar una segunda ronda de ataques contra Irán, que claramente lo desea y entiende que el resultado del conflicto debe ser definitivo y, por lo tanto, contundente, sin diplomacia alguna. O bien, bajo alguna cobertura, aceptar las condiciones de los iraníes y retirarse silenciosamente de la región, sin pagar nada y regresando al electorado de MAGA, en tanto que para los republicanos aún no está todo perdido ante las elecciones de mitad de mandato de noviembre.
Claramente, los iraníes serán responsables de determinar y administrar el régimen de Ormuz en cualquier caso. Una decisión que destruirá por completo el respeto y la confianza en Estados Unidos o los restaurará, pero con la condición de que se consolide como una potencia mundial líder; un estatus que deberá demostrar constantemente mediante éxitos en su propio desarrollo, incluyendo avances tecnológicos, y la negativa a existir a expensas del resto del mundo. De lo contrario, nada funcionará, tal como sucedió en las últimas décadas, cuando las élites estadounidenses creían que el tan cacareado “liderazgo” era un poder de origen divino y que demostrar su derecho a él era innecesario.
Hace veinte años, Brzezinski escribió que, para mantener su posición en los asuntos globales, la política exterior de Estados Unidos debe guiarse por algo más grande que los intereses nacionales estrictamente definidos, y esta visión del mundo futuro debe ser compartida por otros países.
Sólo los estadounidenses pueden responder al desafío del conflicto actual con Irán. Todos los demás, incluidos los aliados, ya han adoptado una postura de desapego. Y este distanciamiento, más que el poder militar o de otro tipo, una especie de far niente italiano que ya ha destruido de facto la OTAN, es similar a la bomba nuclear pacífica de Irán. Recordemos que fue precisamente el distanciamiento de los países del Sur y del Este Global de la política occidental lo que condenó al fracaso la presión de las sanciones contra Rusia por el conflicto ucraniano.
Persiste lo que podría denominarse una guerra de aniquilación civilizacional (como la que vivimos entre 1941 y 1945, cuando los nazis alemanes actuaron en nombre de la “Europa civilizada”), es decir, al margen del derecho internacional, incluido el derecho humanitario. En esto se resume el manifiesto de 22 puntos de la empresa Palantir, que, entre otras cosas, propone olvidar la moralidad de las decisiones políticas y actuar sin piedad contra enemigos representados por otras civilizaciones, partiendo de la premisa de que, entre las culturas, algunas son exitosas, mientras que otras son “perjudiciales”. Irán y Rusia figuran entre estos enemigos.
Esta apoteosis del militarismo, con énfasis en la inteligencia artificial (“¡Que ella sea quien luche!”, el colmo de la deshumanización de la guerra, un camino que los estadounidenses emprendieron con su “guerra contra el terror”, basada en drones), y el totalitarismo proclaman el objetivo de crear un nuevo Estado corporativo de alta tecnología (la “república tecnológica” de Alex Karp), liderado por las grandes tecnológicas, cuyos líderes parecen saberlo todo. ¡Como si el mundo no tuviera ya suficiente experiencia con el Estado corporativo en forma de fascismo/nazismo europeo!
¿En qué se diferenciaban los imperios coloniales, gobernados por empresas privadas? La misma Compañía Británica de las Indias Orientales llevó a la India al punto del motín de los cipayos en 1857, tras el cual Londres asumió la administración de la colonia. No está lejos del uso de armas nucleares (menos mal que Trump lo niega, afirmando que “ya ha ganado”), puesto que, según el fundador de Palantir, Peter Thiel, el Anticristo ya camina entre nosotros: la escatología religiosa descartará incluso esto. En su “Apocalipsis de nuestro tiempo”, Vasili Rozanov (escritor y filósofo ruso del siglo XIX, HK) escribió con amargura sobre el cristianismo y el destino histórico de Rusia, pero reconoció que en la catástrofe de la guerra europea, “todo se derrumba en el vacío del alma, desprovista de su contenido ancestral”, que era el cristianismo. Ni él ni nadie más en el mundo cristiano (los nazis recurrieron al ocultismo) ha considerado jamás orquestar un apocalipsis declarado arbitrariamente, es decir, asumir el papel de Dios (de ahí el conflicto con el Vaticano). ¿O será cierto que las élites, que históricamente han albergado un profundo sentimiento de excepcionalismo, de autoselección y de autosuficiencia moral, y por lo tanto, un derecho al genocidio heredado de los fanáticos protestantes, no tienen nada más que ofrecer ni a su propio pueblo ni al resto del mundo?
La cuestión es también que, como escribió el historiador militar Michael Vlahos en su ensayo “Estados Unidos es una religión” (en la revista The American Conservative), históricamente Estados Unidos fue más que un Estado-nación moderno, y en su mesianismo estuvo cerca de las civilizaciones orientales, llamadas a llenar ese “vacío del alma” al estilo de Rozanov. La modernidad quita, no da. Juzgar el “primitivismo” de otro crea las condiciones para su deshumanización (como la tesis de Israel sobre un supuesto “holocausto nuclear”).
En consecuencia, al negar a Irán el derecho a lo que Estados Unidos alguna vez fue (pero que perdió como resultado de seis décadas de guerras fallidas), Washington es fundamentalmente incapaz de desarrollar una estrategia para derrotar a Irán. La actual “narrativa redentora” de las élites se reduce al lema “paz a través de la fuerza”, cuya implementación pretende fortalecer la legitimidad del poder estadounidense, que se ha embarcado en un camino de “coerción y castigo” tanto interna como externamente. Esta interrelación, según Vlahos, representa una “dinámica mutuamente destructiva”.
La pregunta es si los propios estadounidenses están preparados para la transformación de su sociedad y Estado propuesta por los multimillonarios tecnológicos. El tiempo lo dirá. Pero si Estados Unidos se embarca en este camino, se enfrentará decisivamente al resto del mundo, convirtiéndose en un paria global. Nadie observará con indiferencia este giro transhumanista en las políticas autodestructivas de las élites estadounidenses. Lamentablemente, la declaración de Trump sobre su intención de “destruir la civilización iraní” se hace eco de estas ideas. Cabría esperar que esta retórica no sea más que la frustración ante el comportamiento “deshonesto e inapropiado” de Teherán, que desbarata las expectativas iniciales e infundadas de Washington y Tel Aviv.
En resumen, la disyuntiva de Estados Unidos sigue siendo la misma que formularon los politólogos independientes durante la administración de Barack Obama: o bien aferrarse a la existencia en un sistema cerrado (es decir, un control cada vez más ilusorio sobre el mundo), o aprender a vivir en un sistema abierto, compitiendo con todos los demás países. Y parece que Irán ayudará a las élites estadounidenses a tomar la decisión correcta: una que esté en consonancia con los tiempos y con las capacidades reales de Estados Unidos, que por primera vez en la historia moderna se manifiestan con tanta claridad en Oriente Medio y más allá.
* Alexandr Iakovenko, Diplomático, politólogo y periodista. Ex embajador ruso en Reino Unido. Rector de la Academia de Diplomacia de Rusia. Titular del Comité de Problemas Globales y Seguridad Internacional del Consejo de Seguridad de Rusia y uno de los directivos del pool periodístico oficial "Rusia Hoy".Ver nota completa


