La adhesión de Etiopía a los BRICS el 1 de enero de 2024 se interpretó ampliamente como un giro diplomático hacia un orden internacional más multipolar. Sin embargo, esta interpretación corre el riesgo de malinterpretar tanto la naturaleza de los BRICS como el carácter de la soberanía en el siglo XXI. El desafío de Etiopía ya no consiste en escapar por completo de la dependencia, sino en gestionar dependencias contrapuestas de manera que se maximice la autonomía estratégica.
La cuestión relevante ya no es si los BRICS ofrecen a Etiopía una alternativa al orden liderado por Occidente, sino si Etiopía puede transformar la multipolaridad en poder de negociación antes de que se consoliden nuevas formas de dependencia. Por lo tanto, la interpretación más plausible de la pertenencia de Etiopía a los BRICS no es la de un ejercicio de no alineación, sino la de un intento de redistribuir la dependencia entre múltiples centros de poder. En este contexto, la soberanía se convierte menos en una cuestión de independencia y más en una cuestión de influencia.
Soberanía mediante la dependencia distribuida
Gran parte del análisis contemporáneo considera la dependencia como una condición que debe superarse. Sin embargo, para los Estados en desarrollo inmersos en mercados globales, la autonomía total es en gran medida una ilusión. El capital, la tecnología, las rutas comerciales y los sistemas financieros siguen concentrados en redes externas. La cuestión no es si existe la dependencia, sino cómo está estructurada.
El dilema de la soberanía de Etiopía radica fundamentalmente en un problema de cuellos de botella. Tres limitaciones siguen siendo particularmente significativas: el acceso al capital, el acceso a la logística marítima y el acceso a divisas. En conjunto, estos cuellos de botella condicionan la trayectoria de desarrollo del país y limitan sus opciones políticas.
Los BRICS son importantes porque potencialmente diversifican los tres. China aporta financiación para infraestructuras y demanda industrial. India ofrece inversión, alianzas tecnológicas y un papel de equilibrio en el Sur Global. Rusia contribuye con contrapeso geopolítico y apoyo diplomático en foros multilaterales conflictivos. Los miembros del Golfo aportan capital y conectividad logística. Ninguno elimina la dependencia. Sin embargo, en conjunto, reducen el riesgo de que un solo actor se vuelva indispensable. Esta es la lógica de la dependencia distribuida: una estrategia mediante la cual los Estados aumentan su autonomía no escapando de las relaciones externas, sino ampliando el abanico de actores de los que dependen.
BRICS no es un bloque
Esta realidad suele quedar oculta por la representación de los BRICS como una alternativa geopolítica coherente al orden occidental. En la práctica, los BRICS se asemejan cada vez más a un foro de negociación que a un bloque unificado. La organización ahora incluye actores con intereses estratégicos contrapuestos, modelos económicos divergentes y disputas regionales sin resolver. China e India siguen siendo competidores estratégicos. Las prioridades geopolíticas de Rusia difieren notablemente de las de las monarquías del Golfo. Etiopía y Egipto mantienen posturas fundamentalmente distintas sobre la gobernanza del Nilo. Irán y los Emiratos Árabes Unidos conservan visiones contrapuestas de la arquitectura de seguridad regional.
Lo que emerge no es un orden alternativo, sino un mercado de proyectos estratégicos superpuestos. Por lo tanto, la importancia de los BRICS radica menos en la cohesión institucional que en su capacidad para brindar a sus miembros opciones diplomáticas adicionales. Esta distinción es crucial para Etiopía. La pertenencia a un grupo no es capital en sí misma. No resuelve automáticamente las presiones de la deuda, no genera financiación para infraestructura ni garantiza el acceso a los mercados. Más bien, crea una plataforma a través de la cual Etiopía puede negociar simultáneamente con múltiples centros de poder.
Los fundamentos del desarrollo de la soberanía
El desafío a la soberanía de Etiopía suele plantearse en términos diplomáticos. En realidad, se trata principalmente de un desafío al desarrollo. La transformación económica del país sigue viéndose limitada por la escasez de divisas, las necesidades de financiación de infraestructuras, la vulnerabilidad de la deuda y las dificultades logísticas. La participación de Etiopía en las reformas macroeconómicas respaldadas por el FMI y en los procesos de reestructuración de la deuda en curso demuestra hasta qué punto las instituciones financieras externas siguen influyendo en el ámbito de la política interna.
Por esta razón, los debates sobre soberanía no pueden separarse de los debates sobre financiación del desarrollo. Un Estado que lucha por obtener divisas, pagar su deuda externa o financiar infraestructuras críticas tiene un margen de maniobra estratégica limitado, independientemente de su postura diplomática.
Por lo tanto, el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) es importante no porque ofrezca un reemplazo para las instituciones de Bretton Woods, sino porque potencialmente amplía las opciones de financiamiento de Etiopía. La misma lógica se aplica a la inversión del Golfo, las alianzas chinas en infraestructura y las iniciativas emergentes de liquidación en moneda local dentro de los BRICS. La lógica subyacente sostiene que la soberanía se expande cuando ningún acreedor, institución o socio posee una influencia decisiva sobre el desarrollo nacional.
La dimensión del Cuerno de África y el Mar Rojo
La pertenencia de Etiopía a los BRICS tiene un carácter regional antes que global. La geografía económica del país garantiza que las cuestiones de financiación del desarrollo sean inseparables de las de conectividad y acceso marítimo. Más del 95 % del comercio exterior de Etiopía sigue transitando por el corredor Etiopía-Yibuti. Esta concentración convierte la logística en una cuestión de soberanía. Un país cuya principal arteria comercial depende de corredores externos permanece estructuralmente expuesto a perturbaciones en la seguridad regional, la gobernanza portuaria y la competencia marítima. La crisis del Mar Rojo, que tuvo lugar a finales de 2023, demostró la vulnerabilidad de las rutas comerciales mundiales ante las crisis geopolíticas. Para Etiopía, estas perturbaciones se traducen directamente en presiones inflacionarias, dificultades cambiarias y un aumento de los costes de importación.
Sin embargo, la ampliación de los BRICS ha generado una dinámica adicional. La organización ahora incluye a varios de los principales actores que configuran el entorno estratégico del Cuerno de África y el Mar Rojo, como Etiopía, Egipto, Irán y los Emiratos Árabes Unidos. En efecto, los BRICS han internalizado parcialmente las tensiones geopolíticas de la región. Este hecho tiene importantes implicaciones. Etiopía no solo se está incorporando a los BRICS, sino que la arquitectura de seguridad del Cuerno de África y el Mar Rojo también lo está haciendo.
En consecuencia, la organización funciona cada vez más como un foro donde convergen rivalidades regionales, proyectos de conectividad, prioridades de desarrollo y visiones contrapuestas del orden. No debe subestimarse la importancia de este cambio, ya que crea oportunidades para el diálogo y la negociación que trascienden la agenda económica formal de la organización.
Los límites de la multipolaridad
Sin embargo, existe el peligro de sobrestimar el potencial transformador de los BRICS. La multipolaridad no genera automáticamente autonomía. Un préstamo chino para infraestructura, un paquete de inversiones del Golfo, un programa del FMI y una línea de crédito del NDB pueden ampliar las opciones políticas. También pueden generar nuevas obligaciones, expectativas y formas de influencia. Por lo tanto, la suposición de que la diversificación por sí sola garantiza la soberanía es errónea. La dependencia dispersa entre múltiples actores aún puede limitar las opciones nacionales si no se gestiona con cuidado.
El principal desafío para Etiopía no reside en atraer más socios, sino en garantizar que ninguno adquiera una influencia desproporcionada sobre sectores críticos de la economía, la infraestructura estratégica o la toma de decisiones nacionales. En un mundo caracterizado por la superposición de centros de poder, la autonomía estratégica depende de mantener la flexibilidad en el marco de relaciones contrapuestas.
Conclusión
La adhesión de Etiopía a los BRICS no debe interpretarse como una ruptura con la dependencia, sino más bien como un intento de reorganizarla en condiciones más favorables. El nuevo orden internacional ofrece a las potencias medianas mayor margen de maniobra, pero solo si logran desenvolverse en relaciones externas contrapuestas sin quedar supeditadas a ninguna de ellas. Por lo tanto, la futura influencia de Etiopía dependerá menos de elegir entre Washington, Pekín, Moscú, Abu Dabi o Nueva Delhi que de evitar por completo la necesidad de elegir.
La prueba definitiva de Etiopía en la era de los BRICS no reside en si logra conseguir socios adicionales, sino en si consigue evitar que alguno de ellos se vuelva indispensable. Si se mantiene ese equilibrio, la dependencia distribuida podría convertirse en la base de una soberanía etíope más resiliente y autónoma.
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