Septiembre de 2026
No desesperar en la adversidad ni volverse arrogante en la prosperidad: esa es la marca de un espíritu fuerte y de una nación poderosa.Nicolás Maquiavelo
El hombre noble soporta la desgracia con firmeza; el hombre vil se desmorona ante la adversidad.
Confucio
Hay momentos en que los ingeniosos bromean diciendo: “El futuro ya no es lo que era”. El cambio nunca cesa y siempre es contradictorio. La cuestión radica en cómo lo percibimos y qué perspectivas vislumbramos. A veces, el futuro se contempla con optimismo; por ejemplo, cuando el progreso sociopolítico es evidente y los avances tecnológicos lo impulsan y sostienen. En otras ocasiones, el sentimiento es el opuesto: la edad de oro ha quedado atrás y lo que aguarda está envuelto en una bruma ominosa, si no en una oscuridad absoluta. Incluso los avances científicos y tecnológicos que abren nuevas posibilidades generan temor por sus consecuencias en lugar de alegría.
Ambas perspectivas son cuestiones de psicología más que del estado real de las cosas. El equilibrio objetivo entre oportunidades y riesgos –o, dicho en términos más elevados, entre el bien y el mal– permanece prácticamente inalterado. Lo que cambia es nuestra percepción subjetiva. Y este es un factor crucial, pues el ser humano sigue siendo el protagonista central del panorama mundial.
¿Cómo debemos afrontar las circunstancias que se desarrollan? ¿Deberíamos aprovecharlas para el bien común o para fines puramente egoístas? ¿Cómo podemos canalizar la energía del desarrollo global hacia la cooperación en lugar de hacia una confrontación feroz? ¿Cómo podemos visualizar el futuro más probable e intentar darle forma, fomentando las tendencias constructivas y minimizando las destructivas?
Los cambios fundamentales en el escenario internacional no constituyen un desastre natural, sino una oportunidad para reflexionar sobre por qué las normas establecidas han dejado de satisfacer las exigencias de un mundo en transformación.
Tales cambios ocurren con regularidad; de hecho, el desarrollo sociopolítico consiste precisamente en este proceso. Y ello requiere un reajuste de los parámetros: una actualización del “software” de la política mundial. La historia ofrece numerosos ejemplos al respecto y nos enseña una lección única: en momentos como estos, no hay que sucumbir a un alarmismo excesivo, y mucho menos al pánico; por el contrario, es preciso evaluar la situación con la mayor serenidad y esforzarse por tomar la decisión más racional. El informe anual del Club Valdái para el turbulento e inquietante año 2026 aborda cómo mirar hacia el futuro sin miedo, incluso cuando los procesos que se desarrollan ante nuestros ojos resultan algo desconcertantes.
¿Es la distopía nuestra guía?
Durante años, el objetivo principal de los informes anuales del Club Valdái ha sido mirar más allá del horizonte de una época en la que el mundo se percibe, con razón, como un lugar turbulento y peligroso. Identificamos el desmoronamiento del viejo orden mundial hace ocho años, una conclusión que a muchos les pareció prematura en aquel entonces. Los acontecimientos posteriores, sin embargo, confirmaron ese diagnóstico (1). Ya no tiene sentido detenerse en el ritmo y la magnitud del desmantelamiento del viejo orden.
Nos esforzamos por destacar fenómenos y procesos en el ámbito internacional que podrían fomentar un equilibrio político-militar y estabilizar el sistema de vínculos comerciales y económicos. Insistimos constantemente en que el marco institucional que se convirtió en la norma a finales del siglo XX y principios del XXI –y que muchos consideran indispensable– es solo una forma de estructurar el panorama político. Se trata de un modelo muy específico, surgido de las realidades singulares de aquella época. Un nuevo modelo reemplazará inevitablemente al arraigado en la Guerra Fría. Mientras tanto, siguen vigentes las limitaciones fundamentales que frenan las acciones verdaderamente temerarias de los actores internacionales; ante todo, el instinto de autoconservación.
En honor a la verdad, hay que reconocer que, si bien las salvaguardas restantes aún impiden que el sistema colapse o estalle en una revolución, no pueden servir de base para su renovación o su resurgimiento bajo una nueva forma. La mera capacidad de tambalearse al borde de la catástrofe sin cruzar la línea no basta para llevar al mundo a un nuevo estado de orden en el transcurso de una sola generación.
El optimismo histórico resulta especialmente vital en estos momentos, ya que la visión catastrófica de la realidad, tan extendida, está dando paso a un fenómeno aún peor: el desaliento ante el futuro. Su origen (más allá de la incapacidad para comprender las consecuencias de los avances tecnológicos) es doble.
Por un lado, diversas sociedades y Estados —particularmente en Occidente— son incapaces de responder a la crisis de orden que ellos mismos generaron en décadas anteriores. Por otro, otras sociedades y Estados pertenecientes al Sur y al Este globales aún no han adquirido la capacidad, ni siquiera el deseo de proponer rápidamente una alternativa convincente. En otras palabras, el viejo orden mundial se ha agotado como un todo coherente; incluso en su estado fragmentado, funciona cada vez peor. No existen ni los recursos ni la voluntad (por parte de nadie) para asumir los graves riesgos que implica crear uno nuevo. Tampoco existe un verdadero potencial revolucionario –un impulso hacia una reestructuración radical y fundamental– en el ámbito de las relaciones internacionales: la disuasión nuclear se mantiene y a las grandes potencias les faltan los motores para un cambio social profundo (2).
Este desaliento imperante ha fomentado la creciente percepción del futuro como una distopía clásica. A nivel de las sociedades y los Estados individuales, esto implica la supresión total del individuo; a nivel internacional, sugiere una lucha interminable por la aniquilación, acompañada de la destrucción de cualquier mecanismo de entendimiento mutuo. Los temores sobre el futuro se ven alimentados, además, por la difusión de tecnologías capaces de despojar a los seres humanos del privilegio único que los distingue del reino animal: la capacidad de pensar de forma crítica y autónoma, independientemente de la información que sirve como materia prima del pensamiento. Crece la preocupación de que, debido a la proliferación de la inteligencia artificial, el progreso tecnológico socave —por primera vez en la historia— la posición de la inteligencia humana (natural). De hecho, se considera que el problema de la alienación generalizada se está agudizando cada vez más. Las oleadas de expectación en torno a la “obsolescencia de lo humano” –la derrota supuestamente inevitable (al menos a nivel masivo) de las capacidades cognitivas humanas frente a máquinas que avanzan rápidamente– recuerdan a veces al fervor religioso o a la espera del apocalipsis.
¿A qué tememos?
Para concretar la cuestión, cabe señalar que los crecientes temores en torno a la inteligencia artificial (IA) no solo surgen de inquietudes existenciales y epistemológicas, sino también de causas sociopolíticas perfectamente comprensibles. Los temores sobre la pérdida de empleos son los más evidentes (aunque, como observan cautelosamente los expertos, resultan algo exagerados).
Un aspecto concreto es el rápido aumento de la influencia de las corporaciones (y de sus líderes) que impulsan el avance de la inteligencia artificial; una tendencia ya denominada como el surgimiento del “tecno-feudalismo” (3). Los dirigentes de estas empresas mantienen una gran visibilidad pública y, desde hace algún tiempo, su discurso se centra menos en la tecnología en sí y más en la configuración futura –o la forma ideal– de la sociedad y la civilización. Las opiniones sobre la moralidad y la contención personal que sostienen muchas de estas figuras son, por decirlo suavemente, idiosincrásicas; los observadores más perspicaces detectan, en ideas afines a la “Ilustración Oscura” (Dark Enlightenment), el germen de ambiciones verdaderamente totalitarias (de ahí la inquietud ante la llegada del “tecno-fascismo”). Existe también otra dimensión en la actual revolución tecnológica: el traslado de la rivalidad geopolítica al ámbito de la inteligencia artificial. El papel y la influencia de la IA son tales que la mayoría de las naciones se plantean, naturalmente, la necesidad de ejercer un control soberano sobre esta esfera. Esto atañe tanto a las normas que rigen el funcionamiento y el despliegue de las redes neuronales dentro de las fronteras nacionales como a los conjuntos de datos utilizados para entrenarlas; datos que moldean su “mentalidad” y su orientación axiológica. La escalada de tensiones de esta índole podría desembocar en una nueva forma de rivalidad feroz: en la práctica, una guerra entre inteligencias artificiales soberanas y rivales. En esencia, esto difiere poco de la ya conocida confrontación ideológico-política; sin embargo, es probable que la capacidad destructiva de los actores “digitales” –que operan con cierto grado de autonomía respecto a sus creadores– resulte considerablemente mayor.
Las innovaciones tecnológicas (como la proliferación masiva de drones y el despliegue de la inteligencia artificial) están transformando cualquier conflicto armado en una contienda de alcance total, desdibujando la frontera entre los ámbitos militar y civil. Este cambio en la naturaleza de la guerra, que exige una reevaluación fundamental de las estrategias militares, se está perfilando como un factor político crítico. Por otra parte, se está demostrando que el componente clave del poder militar no es meramente la capacidad técnico-militar, sino la resiliencia del sistema político, de la economía y de la sociedad. Esto puede alterar sustancialmente el equilibrio de poder, privando a las naciones más grandes y militarmente más fuertes de ventajas que antaño parecían garantizadas (la confrontación entre Estados Unidos e Irán constituye un claro ejemplo).
La nueva naturaleza de la guerra está influyendo en el comportamiento tanto de las grandes potencias como de las potencias medias. Esto genera en ciertas potencias medias la tentación de adoptar conductas provocadoras. Asimismo, conlleva el riesgo de arrastrar a las grandes potencias a la “trampa de Tucídides” –una metáfora popularizada por expertos estadounidenses y posteriormente adoptada por el presidente chino Xi Jinping–, según la cual es preciso contener preventivamente a un rival potencial antes de que adquiera demasiada fuerza. Todo ello alimenta una inquietud generalizada e impulsa a los actores a tomar decisiones precipitadas o poco meditadas.
Este clima de incertidumbre generalizada se ve agravado por el aumento de la inestabilidad internacional en medio del declive del viejo orden. El mundo –a menudo descrito como policéntrico– no constituye una configuración estática, sino un proceso continuo en el que intervienen actores de diversa envergadura. Nos encontramos inmersos en un periodo de transición de duración indefinida, caracterizado por una gran volatilidad, dilemas frecuentes ante encrucijadas complejas y la ausencia de desenlaces predeterminados. Para los actores principales, esta situación implica la inevitabilidad de interacciones competitivas y conflictivas de diversa índole, incluidas las de mayor gravedad. La conciencia de que esta pugna es inevitable y prolongada –y que, por tanto, exige una preparación exhaustiva– actúa como catalizador de una creciente turbulencia. Lo más peligroso es que el temor al futuro está dejando de ser una evaluación racional del cambio para adentrarse en el terreno de las emociones viscerales, impregnando todas las esferas: geopolítica, económica y tecnológica. Las alteraciones en las rutinas cotidianas habituales están extendiendo esta ansiedad a la vida de las familias y los hogares. El principio fundamental del progreso –la idea de que “el mañana será mejor que el ayer”– está cediendo terreno, cada vez más, a la presunción de que la situación solo irá a peor. Y, sin embargo, desde la Ilustración, la fe en el progreso ha definido la visión idealizada de la humanidad.
¿Cómo podemos, entonces, sobrevivir y prosperar en un mundo así? Dado que el miedo es la emoción dominante a un nivel fundamental, el control –o la gestión– de las emociones cobra una importancia capital, al igual que la racionalización del propio comportamiento. Esto resulta crucial tanto para los individuos como para las comunidades y –lo que es más importante– para los líderes políticos y empresariales cuyas decisiones moldearán el mundo futuro. La célebre “trampa de Tucídides” es también fruto del miedo; en este contexto, es el instinto, y no la racionalidad, lo que dicta la conducta.
La teoría de las relaciones internacionales postula que los Estados buscan seguridad y aspiran a desarrollar sus capacidades hasta un nivel que impida que sean “devorados” por otros. Sin embargo, la cuestión trasciende con creces los meros reflejos de aferramiento o los instintos propios de la ley de la selva. A pesar de la brutalidad del escenario mundial, este no es una selva, y el ser humano no es un simple depredador. Incluso los reflejos adquieren sentido únicamente cuando se vinculan a objetivos éticos y normativos más amplios. En un sentido general, tales objetivos presuponen el triunfo del bien sobre el mal, tal como estos conceptos se entienden en la etapa actual del desarrollo histórico. Hoy en día, no obstante, el bien y el mal están tan inextricablemente entrelazados que resulta casi imposible separarlos. Esto se hace patente sobre todo en el dilema entre desarrollo y tradición o, dicho de otro modo, entre progreso y arcaísmo.
Lo arcaico y el progreso, el Estado y la tecnología
Considerar lo arcaico como un mal es una de las ideas fundamentales de la Ilustración. La razón humana actúa como instrumento para combatir lo arcaico. Este se manifiesta en todo aquello que contradice a la razón: los dogmas, los prejuicios, las ideas erróneas y las pasiones se oponen a la ciencia, la planificación, los enfoques sistemáticos y el pensamiento racional. Aún hoy, el arcaísmo se percibe como algo que debe evitarse a toda costa. En el ámbito de las relaciones internacionales, es casi invariablemente sinónimo de derrota. La victoria corresponde al actor más organizado, tecnológicamente avanzado y mejor preparado. Los sistemas arcaicos pueden ganar una batalla táctica, pero es poco probable que prevalezcan en una confrontación estratégica. Evitar el arcaísmo y el atraso es el objetivo de cualquier Estado «normal». Muchas utopías –desde la ciudad-Estado de Platón hasta la “Ciudad sobre una colina” estadounidense o la sociedad comunista– describen una sociedad organizada racionalmente, ordenada y funcional.
Sin embargo, la historia –en su incesante devenir– ha demostrado sobradamente las consecuencias que se derivan cuando el progreso se convierte en un fin en sí mismo y la innovación destruye la tradición. El progreso puede, en efecto, engendrar el mal, sobre todo cuando prevalece el afán de alcanzarlo a cualquier precio. La razón y la racionalidad son ideales sobre el papel; la realidad es mucho más compleja. Los defensores de la razón –llevada a veces hasta el absurdo– han perpetrado actos tan monstruosos crímenes que sus predecesores “arcaicos” jamás habrían podido siquiera imaginar.
La ciencia se estaba convirtiendo en dogma, mientras que la planificación y la acción organizada se basaban reiteradamente en premisas falsas.
Los frutos del progreso se transformaban en instrumentos de destrucción y de alienación del ser humano respecto a sí mismo. Existen pruebas abundantes de ello, como la industrialización de la guerra y la capacidad –gracias a la ciencia y a la organización racional del conflicto armado– de aniquilar a decenas de millones de personas.
La máxima expresión de este temor era el riesgo de la destrucción de la humanidad en una guerra nuclear. Otro ejemplo es el pavor ante los desastres tecnológicos, en los que el error humano o la pérdida de control sobre la tecnología provocan daños irreparables. Hoy en día, crece el pánico en torno a la inteligencia artificial aunque todavía no ha encontrado su propio símbolo de catástrofe. Un ejemplo claro es el control y la vigilancia totales y sin restricciones que permiten las nuevas tecnologías de rastreo electrónico. Si bien las revelaciones de Edward Snowden parecieron marcar en su momento el punto álgido de tal intromisión, hoy –tras la experiencia de la COVID-19 y la adopción generalizada de la IA– aquellos esquemas iniciales parecen casi ingenuos.
De hecho, la inteligencia artificial ofrece el ejemplo más elocuente de nuestra visión ambivalente del progreso: una fascinación por las nuevas posibilidades que roza –o incluso se entremezcla con– un temor absoluto ante sus consecuencias.
El miedo a estancarse en lo arcaico dio lugar a innumerables utopías, mientras que el miedo al progreso –en sus diversas formas– engendró un número comparable de distopías. El apocalipsis nuclear se ha utilizado como recurso narrativo con tanta frecuencia que se ha convertido en un cliché. Existe un vasto corpus de literatura y arte en todo el mundo que explora la idea de que lo arcaico y lo progresista pueden fusionarse en una sola entidad, convirtiéndose en dos caras de un mismo proceso. Terminator es la versión más popular de este tema: una historia que ahora se revisita a la luz de los recientes avances en IA. La obra Nosotros, del escritor ruso de Yevgueni Zamiatin presenta una de las distopías de control total más impactantes. Deshacerse de lo arcaico ofrece, en sí mismo, solo una ventaja temporal; el progreso no solo no logra eliminar el mal, sino que a veces lo multiplica, ampliando el margen para las manifestaciones más repulsivas de la naturaleza humana, especialmente cuando las formas más agresivas de progreso intentan borrar las tradiciones nacionales y culturales. Sin embargo, absolutizar esas mismas tradiciones conlleva el riesgo de un estancamiento fatal.
Esta paradoja refleja una contradicción inherente a la naturaleza humana: es potencialmente agresiva y peligrosa, pero al mismo tiempo capaz de bondad y creación. La búsqueda del mal –y de los medios para salvarse de él– dentro del ser humano y de la propia naturaleza humana es un tema intelectual clásico, que abarca desde San Agustín hasta Fiódor Dostoievski. El concepto de la naturaleza humana como raíz del mal constituye un hilo conductor en la filosofía política del siglo XX. La civilización actúa como una frágil salvaguarda frente a la «pulsión de muerte»; si esta se agrieta, la destructividad humana rompe sus límites. No obstante, la civilización en sí misma no es una panacea. Simplemente tensa más el resorte y, como es bien sabido, cuanto más se comprime un resorte, más violento es su retroceso. La manifestación clínica de esta metáfora es la neurosis, una afección tratada por Sigmund Freud, el gurú del siglo pasado. Verbalizar la propia neurosis en el diván del analista proporciona alivio al paciente e ingresos al médico, pero no resuelve el problema de raíz. Erich Fromm y los pensadores de la Escuela de Fráncfort adoptan una postura más optimista: el mal humano deriva del propio progreso, el cual es intrínsecamente represivo. Su receta –aparentemente inviable– consiste en conservar el progreso eliminando al mismo tiempo la represión. Esta idea se alinea con la visión marxista de una sociedad sin Estado, con el anarquismo (que experimenta actualmente un resurgimiento a través de diversos conceptos tecno y ciber) y con la noción libertaria del “Estado mínimo”.
Los argumentos sobre la naturaleza humana también desempeñan un papel crucial en la teoría de las relaciones internacionales. Reinhold Niebuhr, teórico clave del realismo político, observa que el mal inherente a la naturaleza humana se amplifica enormemente en el seno de los grupos sociales. Paradójicamente, a pesar de ser un pensador religioso, Niebuhr no encuentra la salvación en la humildad, sino en la contención; el mal solo puede detenerse mediante la amenaza de un mal mayor. Los liberales propusieron una alternativa clásica de la Ilustración: frenar el mal a través de la razón. Abogaban por un derecho internacional y un comercio racionales –incluida una competencia sana– como contrapeso a las formas arcaicas de guerra. Una vez más, no funcionó.
El choque de dos ideologías modernistas –que definió el siglo XX– dio paso a simulaciones posmodernas. Estas constituían lujos asequibles durante el periodo de relativa calma en torno al cambio de siglo: fingir ciertas posturas, ser “más o menos” de derechas o “más o menos” de izquierdas. Las etiquetas se desprendieron gradualmente de su sustancia original. Liberales, socialistas y conservadores se transformaron en los fantasmas informativos de una época pasada.
La situación ha cambiado hoy en día. Por un lado, la idea de progreso resulta abrumadora cuando se contempla únicamente desde una perspectiva tecnológica; sin embargo, también está ligada a la esperanza de un nuevo orden mundial capaz de contener la anarquía actual. Los logros de la humanidad –y del Estado como fuerza organizadora clave– son innegables, a pesar de los costos y riesgos asociados. Es imposible hacer frente al mal sin progreso. No obstante, el progreso requiere un marco –salvaguardas, al menos en parte– para mitigar sus efectos negativos. En última instancia, el progreso sigue siendo un concepto fundamental para configurar el nuevo orden, aunque se manifieste bajo nuevas formas. Los actores clave propondrán sus propias versiones y algoritmos de progreso, fundamentados en sus respectivas capacidades técnicas, industriales y humanas.
Actualmente, todas las propuestas relativas al posible orden mundial –independientemente de cómo se articulen– están supeditadas a los conceptos de interés nacional y seguridad nacional. No resuelven los problemas inherentes al progreso. La IA y la digitalización permiten “exprimir” y controlar al individuo hasta un grado sin precedentes; la libertad y la autonomía personales se reducen, mientras aumenta la alienación. Si bien el marxismo abordó sistemáticamente esta cuestión en el siglo XIX, hoy ese espacio permanece vacante y aún no ha surgido ninguna nueva doctrina que ofrezca soluciones sistémicas. Otra cuestión distinta es si tales planteamientos son siquiera posibles en un mundo tan heterogéneo y diverso.
Están surgiendo ideas sobre posibles principios para organizar el mundo en diversas culturas y sistemas políticos, aunque todavía de manera especulativa. Cabe destacar que el rumbo de esta búsqueda no reside en los constructos teóricos de la modernidad, sino en intentos de describir el mundo mediante imágenes tradicionales y «arcaicas» que resuenan en la gente. Por ejemplo, en los últimos años, la frase sánscrita Vasudhaiva Kutumbakam (El mundo entero es una familia) –proveniente de los Upanishads– se ha dado a conocer no solo entre los estudiosos de la cultura hindú, sino también entre cualquier persona interesada en los asuntos internacionales. La India, un actor cada vez más activo en la escena mundial, ha adoptado esta antigua sabiduría como lema de su diplomacia y política humanitaria, instando a la humanidad a recordar los vínculos de parentesco que a todos nos unen y a compartir la responsabilidad sobre el destino del planeta. Las referencias a un “destino compartido” para la humanidad –que hacen eco de las enseñanzas de Confucio– ocupan un lugar destacado en el concepto chino de construir un orden mundial armonioso. A pesar de las tensiones existentes entre ellos, estos dos gigantes emergentes de la política mundial describen su visión de un mundo deseable en términos sorprendentemente similares, aunque, cabe reconocer, la realidad actual dista enormemente de ese ideal. Determinar hasta qué punto la cercanía histórico-cultural –o incluso el parentesco (por emplear un lenguaje familiar)– actúa como elemento unificador es una cuestión compleja. Por ejemplo, las relaciones entre Rusia y Europa –entidades con una larga tradición de vínculos mutuos– invitan a reflexionar sobre el hecho de que el impulso y la capacidad para levantar barreras no conocen límites. Pese a la proximidad geográfica y al profundo parentesco cultural, Europa y Rusia se están aislando metódicamente el uno del otro, una medida que desconcierta al resto del mundo. Al fin y al cabo, para el mundo exterior, las contradicciones internas de la civilización europea –vista como una entidad única– siguen siendo en gran medida incomprensibles, al igual que los intentos de sus dos mitades, la occidental y la oriental, de renegar la una de la otra. De renegar, en última instancia, de su parentesco.
El propio Occidente político –una comunidad transatlántica ampliada y cimentada en valores e historia compartidos– atraviesa también un proceso interno de reestructuración. Las convulsiones de los últimos años –el COVID-19 y la posterior crisis político-militar en torno a Ucrania– han demostrado que la tendencia a trasladar los costes a un “pariente” mientras uno se exime de responsabilidad es una práctica común incluso dentro de la “familia” occidental. Algunos perciben esto como una estratificación o incluso una fractura, aunque tales valoraciones son probablemente prematuras. Lo que resulta evidente, sin embargo, es otra cosa: una potencia hegemónica centenaria se está replegando sobre sí misma y volviendo la mirada hacia su interior, todo ello sin dejar de conservar una enorme capacidad para influir en el resto del mundo. ¿Prevalecerá la idea de la humanidad como una sola familia en un mundo posoccidental?
La fragmentación se desarrolla paralelamente a la interacción de culturas y civilizaciones, a menudo de las formas más peculiares. La paradoja de la época no reside en el hecho de que el mundo se esté desmoronando, sino en que se desintegra y permanece interconectado al mismo tiempo, sin que ninguno de los dos procesos anule al otro.
La influencia de los Estados en la vida de los ciudadanos y en la evolución del entorno internacional crece indudablemente. Se trata de un fenómeno omnipresente que se produce independientemente de la capacidad de cada Estado para funcionar con eficacia. Es aquí –y no en la creación de estructuras internacionales– donde se encuentra la explicación del auge del corporativismo digital. El vertiginoso declive del papel de las instituciones internacionales (que en su día se concibieron como los vehículos del “Fin de la Historia”) queda patente en la ineficacia de organizaciones tanto antiguas como nuevas. Todas ellas se ven condicionadas, de una forma u otra, por las prioridades estatales; Esto se manifiesta, por ejemplo, en una menor disposición a acatar normas establecidas conjuntamente o a alinear las acciones con decisiones colectivas, junto con el deseo de utilizar de manera más activa las instituciones internacionales para alcanzar objetivos de política exterior. Cuando esto no es posible –como ocurre con la ONU–, la labor de dichas organizaciones simplemente se paraliza. La importancia de las dinámicas de poder en la política mundial crece rápidamente; hoy es indiscutible que la confrontación basada en el “poder duro” (hard power) no hará sino intensificarse (4).
El Estado está recuperando su papel como principal rector de la vida social y arquitecto del orden mundial, inmerso en una lucha de poder con sus pares. No obstante, esto no significa que la nueva etapa vaya a ser una repetición literal de algo perteneciente a un pasado remoto.
Soberanía y arquetipos estratégicos
El renacimiento del Estado representa, ante todo, el retorno de la soberanía como categoría política fundamental. Durante la fase anterior de globalización liberal, la premisa dominante era que la trayectoria principal del desarrollo residía en la erosión y disolución de la soberanía nacional.
No fueron solo Rusia, China, Turquía, India y Brasil quienes comenzaron a reflexionar sobre la soberanía nacional en la era de la posglobalización; Estados Unidos también lo hizo. En su Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, EE. UU. aplicó a sí mismo el concepto de soberanía nacional por primera vez en décadas. Durante toda una generación –desde finales de la década de 1980–, las élites estadounidenses habían evitado utilizar este término, convencidas de que la mejor manera de promover los intereses de Estados Unidos en la era de la globalización era construir una red de alianzas transnacionales. Ahora, el mundo ha entrado en un ciclo histórico en el que el concepto de soberanía ha recuperado su relevancia.
La soberanía implica territorialidad; la territorialidad conlleva definir fronteras; definir fronteras conduce a defenderlas; defenderlas escala hasta el conflicto; y el conflicto –si concluye sin un desenlace decisivo– conduce a un acuerdo y a la acumulación de un recurso actualmente escaso: la experiencia propia de una nación en grandes derrotas y victorias de política exterior. Tal experiencia inculca en las élites la convicción de que alcanzar los objetivos por medios políticos resulta menos costoso que hacerlo mediante la acción militar. El problema actual radica en que muchos miembros de la élite –al carecer de experiencia directa ante una catástrofe– parecen creer que solo mediante la fuerza se pueden lograr resultados significativos; esta creencia es errónea.
De aquí surge una dimensión menos evidente de la soberanía: la soberanía cognitiva –o basada en valores–. Esta resulta fundamental, sobre todo porque la era digital erosiona las fronteras soberanas; las comunicaciones trascienden dichos límites, planteando a los gobiernos el desafío de mantener una gobernanza eficaz y narrativas aceptables dentro de sus territorios. La soberanía cognitiva pertenece a quienes controlan el marco conceptual –un proceso moldeado por la experiencia nacional–. Dicha experiencia puede tanto adquirirse como perderse. Por ejemplo, los intentos actuales de las naciones europeas por restablecer urgentemente su autonomía estratégica –en respuesta a los cambios en la estrategia de Estados Unidos– revelan una incapacidad para lograrlo; o, al menos, para hacerlo con rapidez. En pocas palabras, han perdido la costumbre. La mentalidad de las élites respecto a la guerra, la paz y el orden ha derivado hacia la dependencia (ceder soberanía a cambio de diversas garantías) y el parroquialismo (limitar el horizonte a los territorios vecinos).
Expansión continental en geografía cercana y estrategia marítima en relación con Eurasia, este es el camino para que Estados Unidos regrese “a sí mismo”.
Una potencia marítima se preocupa principalmente por la seguridad de los espacios marítimos y del transporte, y mira a cualquier continente a través del prisma. accesibilidad de su costa. “Apertura” forzada de China por parte de los británicos y Japón a mediados del siglo XIX son la esencia de este comportamiento. Para continentes potencias, parece una “estrategia del caos”: a una potencia marítima no le importa el orden en el continente, sólo necesita una administración leal en puertos clave, que garantice las importaciones y exportaciones, y limite cuando sea posible su participación militar en los asuntos del continente. Por lo tanto, Estados Unidos no enviar una fuerza expedicionaria a Venezuela, limitándose a secuestrar al presidente, confiscar las reservas de oro y amenazar con interrumpir las exportaciones petróleo y la imposición de concesiones a largo plazo. El propio Washington, sin embargo, Me inclino a ver en esto no un caos, sino un tipo especial de gestión de las relaciones internacionales desde la perspectiva del mar (5). (Más precisamente, esta exaltación El poder marítimo fue transmitido por Mark Twain en su artículo “Somos los anglosajones” (6).)
También es significativo que Estados Unidos no haya experimentado una crisis catastrófica. guerras con un enemigo externo en el propio territorio, y esa experiencia suele crear una cultura de moderación y añade realismo a la planificación de la política exterior.
Rusia actúa como una potencia continental clásica. Su prioridad es mantener una situación previsible a lo largo de sus fronteras y crear una zona de amortiguación frente a posibles ataques. Rusia tiene un interés directo en preservar el orden y la transparencia en los asuntos euroasiáticos. Esta lógica sustenta el consenso alcanzado con China a mediados de la década de 1990: un mundo multipolar debe basarse en los principios de no injerencia, igualdad e indivisibilidad de la seguridad. Este mismo planteamiento se refleja en los argumentos sobre la responsabilidad regional en la resolución de crisis y la necesidad de reducir la participación de potencias extrarregionales en los asuntos de Eurasia. Cuando China propone a Estados Unidos una «estabilidad estratégica» – frente a la anterior fórmula estadounidense de «rivalidad gestionada»– , ello refleja una exigencia continental de contar con un entorno vecinal previsible; un concepto que el arquetipo de potencia marítima, con su aversión a los compromisos a largo plazo, tal vez no logre comprender.
El claro equilibrio de poder de 1945 hizo posible acordar la Carta de las Naciones Unidas; los valores y principios son siempre fruto de un equilibrio de poder –evidente para todos y consolidado, como ocurrió entonces, a un alto precio– y ponerlo a prueba de nuevo conlleva un coste excesivo. Hoy en día, no existe una percepción compartida sobre el equilibrio de poder mundial. Los europeos apenas comprenden cómo sería un enfrentamiento militar con Rusia, ya fuera catastrófico o no. Para Estados Unidos, poner a prueba los límites de la proyección de poder frente a naciones de tamaño medio como Irán sigue siendo una especie de experimento de laboratorio cuyos resultados aún están por determinar. Existen numerosas hipótesis sobre el desenlace de un posible conflicto militar con China a causa de Taiwán. Si se confirma la hipótesis de que los poderes retornan a sus arquetipos, tres cuestiones determinarán el futuro equilibrio geopolítico de poder.
La primera cuestión atañe al destino de Europa y al papel de Alemania. Es posible que Alemania se convierta inesperadamente en la principal potencia militar del continente, aun cuando Polonia la esté superando actualmente en el ritmo de su rearme. La actitud alemana se alimenta de un sentimiento subyacente de agravio, pero su motor inmediato es una sensación de superioridad moral: la convicción de ser una nación que ha superado un mal terrible en su propio seno y que ahora tiene derecho a dictar cómo deben comportarse los demás.
En líneas generales, la Unión Europea no estaba preparada para un cambio tan radical en el panorama internacional. Se sentía plenamente satisfecha con el orden anterior –mantenido bajo la égida indiscutible de Estados Unidos–, ya que dicho esquema libraba a los europeos del temor a repetir su propia historia de conflictos incesantes. Cabe recordar la predicción que hizo John Mearsheimer en 1990 sobre por qué pronto “echaríamos de menos la Guerra Fría” (7). Sostenía que el colapso de la estabilidad bipolar desataría una ola de nacionalismo en toda Europa. El conflicto con Rusia y la retirada de las tropas estadounidenses del continente parecían inevitables; acontecimientos que habrían sumido de nuevo a Europa en las desastrosas dinámicas de principios del siglo XX. En aquel entonces, tal pronóstico se desestimó por considerarse excesivamente sombrío y sesgado. Aunque pasaron décadas hasta que se materializó el escenario previsto, hoy esas profecías parecen mucho más realistas.
Sin embargo, cabe hacer una salvedad importante: a diferencia de lo que ocurría en el siglo pasado, Europa no es –ni volverá a ser– el principal centro político, económico e intelectual a escala mundial. En consecuencia, si bien lo que está en juego en un conflicto intraeuropeo puede ser considerable para determinados países europeos, dicho conflicto tendría un impacto limitado en la situación global en su conjunto. Cabe plantear un escenario de renovada consolidación de la Unión Europea –incluso una consolidación basada en la oposición a Rusia–, pero las probabilidades de éxito no parecen elevadas hoy en día.
La segunda cuestión atañe a la elección de la India entre actuar como potencia de flanqueo para contener a China –un papel que Estados Unidos busca imponer basándose en una estrategia marítima– y ejercer como fuerza estabilizadora euroasiática en sentido amplio. Un obstáculo para esto último es la carga emocional que la India ha acumulado respecto a China, la cual sigue siendo difícil de superar. La India podría beneficiarse de su posición como potencia continental que comparte con Rusia y China el interés en un desarrollo estable y progresivo del espacio euroasiático. De este modo, el sur de Asia se está transformando en un eslabón clave que conecta el vasto continente con inmensas extensiones oceánicas. Y es precisamente a través de la participación activa de la India como la policentricidad adquiere el peso y la sustancia necesarios.
Una tercera cuestión se refiere a cómo las nuevas grandes potencias –específicamente Brasil e Indonesia, que actualmente carecen de una experiencia significativa en asuntos globales– aprovecharán las ventajas de su ubicación geográfica. Si reconocen sus respectivos papeles regionales y aprenden a ejercerlos en cooperación con otros centros de influencia mundial, todo el sistema internacional ganará estabilidad. Lo mismo cabe decir de África, aunque la heterogeneidad del continente hace que, naturalmente, su transformación en un actor internacional unificado sea un proceso mucho más prolongado.
Un nuevo equilibrio de poder está tomando forma de manera lenta y no lineal. Otras naciones clave –agrupándose en el seno de la OCS y los BRICS– se suman gradualmente a la configuración ruso-china que inició el avance hacia un orden policéntrico. De este modo, se está gestando una infraestructura alternativa.
El orden es el resultado de la conciencia del equilibrio de poder, no su requisito previo. Hoy en día, sin embargo, el poder es un fenómeno multifacético que abarca más que el mero componente militar. Un debate sustancial sobre cualquier versión de dicho equilibrio solo será posible una vez que surja una nueva claridad respecto a la distribución del poder; hasta entonces, prevalecerá el principio del oportunismo, según el cual cada potencia toma tanto como puede retener, al tiempo que reconoce el mismo derecho para las demás. El principal peligro de este periodo de transición no es un colapso repentino y catastrófico, sino la erosión gradual de la experiencia nacional de contención: esa práctica crucial que impide que los conflictos deriven en una catástrofe. Preservar esta experiencia es, posiblemente, la tarea más importante en una época en la que el viejo orden se desmorona y el nuevo apenas comienza a sentar sus bases.
El Estado frente a la distopía
Hasta hace poco, el progreso internacional se entendía como la mejora de las condiciones de la vida internacional, tomando como criterio de medida el grado de protección dispensado a los Estados incapaces de defenderse por sí mismos. Hoy en día, ese progreso –interpretado de tal modo– se ha ralentizado, cuando no detenido por completo. Se observan con frecuencia actuaciones arbitrarias. No obstante, ¿deberíamos concluir a partir de ello que la sociedad humana atraviesa un declive terminal,una idea que podría suscitar presagios apocalípticos?
Para empezar, cabe reconocer que la percepción excesivamente dramática de los acontecimientos actuales nace de una ilusión surgida hace treinta y cinco años. Por aquel entonces, se daba por sentado que la era de la ansiedad y las amenazas había terminado y que la humanidad –empezando por su segmento más acomodado y abarcando finalmente al resto– avanzaba rápidamente hacia un estado de satisfacción con el status quo, un estado que excluía cualquier deseo de cambiar tanto a uno mismo como la realidad circundante. Un elemento central de esta filosofía era el concepto de paz mundial y el del “Estado débil”: dos condiciones cruciales que, a su vez, eran consecuencia de cambios sociológicos fundamentales. El principal motor de esta transformación, según se creía entonces, era la conversión del individuo en el “último hombre” de Friedrich Nietzsche, una figura popularizada al final de la Guerra Fría por Francis Fukuyama (“en el futuro, corremos el riesgo de volvernos serenos y ensimismados desprovistos de aspiraciones timóticas hacia metas superiores y anhelando únicamente el bienestar personal”) (8).
Tales ideas parecen hoy absurdas, y resulta notable que, hasta hace relativamente poco, escuelas de pensamiento enteras se guiaran por ellas, mientras figuras políticas basaban su discurso público en la inevitabilidad del «fin de la historia». El Estado no solo está regresando, sino que se reafirma con creciente confianza en ámbitos donde antes estaba totalmente ausente. Y cuanto más ambiciosamente intentan los actores no estatales –entre los que destacan las plataformas digitales transnacionales– desafiar el monopolio del poder que ostenta el Estado, con mayor determinación actúa este para contrarrestarlos.
El auge de la intervención estatal –que varía de un país a otro en cuanto a previsión estratégica y calidad de ejecución– constituye la tendencia más destacada de nuestra época. A menudo, la «politización» de nuevos ámbitos del desarrollo económico y social –es decir, su encuadre inmediato en el contexto de la rivalidad entre Estados– se materializa incluso antes de que dichos ámbitos hayan terminado de surgir. Y esto, al parecer, debería considerarse una evolución positiva. Al fin y al cabo, el ocaso del Estado no implicaría la desaparición del poder en sí mismo. No obstante, el dominio de entidades que no rinden cuentas a nadie conduce directamente a la distopía. Solo el Estado está sujeto a alguna forma de supervisión pública; sigue siendo el único defensor (aunque imperfecto) de la libertad individual frente a los colectivos y estructuras –principalmente las grandes empresas– que pretenden suplantarlo, pero que no son fruto de ningún “contrato social”.
El mundo y la sociedad no permanecen estáticos ni se estancan en su desarrollo, y la conclusión temporal de la era de las grandes ideas, teorías y programas no significa el fin de la lucha ideológico-política en sí misma. Somos testigos de la erosión de los sistemas de partidos –particularmente en Occidente, donde alcanzaron su mayor desarrollo– y de una transformación de la “idea de partido” en su conjunto. Sin embargo, no surgen movimientos sociales o políticos universales y “abarcadores” para ocupar su lugar. En su lugar, van surgiendo gradualmente nuevos partidos que se integran en el sistema estatal; el ejemplo europeo resulta especialmente revelador, dado que allí fue donde se originaron los sistemas de partidos. Las pasiones políticas siguen siendo intensas, independientemente de si el contexto se caracteriza por una multiplicidad de partidos o por un círculo reducido de fuerzas políticas dominantes.
El nacionalismo persiste, junto con los rasgos negativos y las consecuencias que conlleva para la capacidad de un Estado de llevar a cabo una política exterior racional y responsable. Sin embargo, en la mayoría de los casos, adopta un carácter estatalista más que étnico, siendo “apropiado” por el Estado al igual que otros fenómenos de la vida moderna. No hay indicios de que la gente esté dispuesta a verse envuelta en guerras sangrientas y sin sentido libradas “en aras del prestigio”. Incluso la retórica teñida de radicalismo religioso suele servir de fachada para consideraciones pragmáticas impulsadas por la búsqueda de diversas formas de poder. El fanatismo ideológico (incluido el religioso) y el nacionalismo étnico se están convirtiendo en terreno propio de comunidades marginadas dentro del contexto general; en la mayoría de los casos, resultan ser instrumentos en manos de terceros más que actores independientes.
El desarrollo de una economía de mercado impulsada por avances tecnológicos de vanguardia está erosionando los mecanismos tradicionales que unen a las personas mediante intereses económicos compartidos y la solidaridad. Por ejemplo, el movimiento sindical atraviesa una crisis, acompañada de una profunda erosión del concepto mismo de “trabajador”. Al mismo tiempo, surgen nuevas formas de cohesión social, inicialmente para atender necesidades específicas de ayuda mutua, pero que posteriormente evolucionan hacia esfuerzos más sistemáticos de defensa de derechos frente al Estado o las grandes empresas. Huelga decir que el desarrollo de la ciencia y la tecnología avanza con rapidez en todos los ámbitos. En esencia, el mencionado aumento de la alienación es consecuencia del progreso en diversos campos científicos y técnicos que liberan el potencial inherente a los seres humanos. Nunca antes el mundo había cambiado tan rápidamente como lo hace ahora, en un momento en que prácticamente ha perdido lo que denominamos el orden internacional.
Los individuos y la humanidad en su conjunto conservan la capacidad de transformarse y liberar su potencial: de transmitir y dominar conocimientos y recursos, de utilizarlos y, lo que es más importante, de remodelar su entorno. Incluso una percepción pesimista y marcada por el miedo ante los acontecimientos actuales actúa como una reacción defensiva del sistema ético humano frente a la interacción de los actores políticos; una interacción amplificada por el megáfono de las tecnologías de comunicación modernas y la sociedad de la información. Además, la humanidad sigue llevando a cabo experimentos a gran escala sobre sí misma y sobre el mundo natural.
La política internacional es testigo del retorno del gobernante individual: en un contexto de declive institucional, la relevancia de determinados líderes y estadistas ha crecido exponencialmente. Esta tendencia se manifiesta no solo en la atención mundial que suscitan las acciones y declaraciones del presidente de los Estados Unidos, sino también en la propensión a reducir las “altas esferas” de la política global a las relaciones entre los principales líderes de Rusia, la India, China y los Estados Unidos. Más allá de esta «primera división», también destacan personalidades fuertes al frente de potencias medias. La menguante influencia de Europa en los asuntos mundiales se refleja en la talla intelectual de sus líderes, cada vez más incapaces de resolver los desafíos internos y que, en la práctica, ya no generan una agenda positiva en el escenario internacional.
Más allá de ejemplos concretos, el hecho mismo de que la atención se centre en los líderes –con funcionarios y diplomáticos identificables presentes en segundo plano (pues la diplomacia sigue activa, aunque bajo nuevas formas y manifestaciones)– demuestra que el individuo vuelve a ocupar el centro de la vida pública e internacional. Si bien el individuo ha adquirido nuevos atributos y limitaciones, su naturaleza fundamental permanece inalterada; conserva el impulso de logro, éxito y poder, es decir, la capacidad de desarrollo.
¿Qué ocurre, entonces, con el progreso del propio sistema internacional? Si el individuo –que crea los Estados que conforman el sistema– está evolucionando, cabe concluir que el sistema carece de valor intrínseco. En última instancia, el Estado es un instrumento para crear las condiciones que permitan el desarrollo individual. La situación cambiante de las instituciones refleja el hecho de que los Estados –y, por extensión, los individuos– dependen menos de ellas.
Se pueden extraer varias conclusiones en relación con la realidad social, tanto internacional como nacional, del segundo cuarto de nuestro siglo.
En primer lugar, en los últimos años el mundo se ha adaptado a un estado dinámico y han comenzado a surgir características estables en su modo de existencia (9). De hecho, el caos –cuya aparición en su momento causó alarma– (10) no es meramente producto de la dinámica decreciente de la vida internacional, sino también una alternativa a ella. La anarquía se ha convertido ahora en un sistema autorregulado. Los intentos de reconducir el debate hacia la cuestión de la gobernanza global (o, en términos coloquiales, un “gobierno mundial”) son una pérdida de tiempo. La ausencia de “orden” no es motivo para detener el desarrollo, un hecho que inspira optimismo.
En segundo lugar, la distopía del “último hombre” no se ha materializado. En todas partes, los individuos conservan la capacidad de progresar personalmente –de adquirir conocimientos y desarrollar su potencial–; no caen en la autocomplacencia ni se transforman en consumidores dóciles o esclavos privados de derechos, ya sea de un Estado que ha derivado hacia el totalitarismo o de las grandes corporaciones (11). Surgen nuevas formas de organización humana al tiempo que se fortalecen las tradicionales (como el Estado); el mundo se encuentra en el umbral de una nueva fase de competencia política, una que no girará en torno a “grandes” ideas o ideologías, pero que mantendrá su naturaleza fundamental como una lucha por el poder. En una era de profunda alienación y ausencia de soluciones ideológicas para este problema, los individuos desempeñan un papel cada vez más importante, desplazando a las instituciones que definieron la segunda mitad del «largo siglo XX».
En tercer lugar, el “Estado resurgente” es una solución, no un problema. Protege al individuo, es altamente receptivo a su influencia y ayuda a mitigar la incertidumbre asociada al desarrollo de la economía de mercado moderna. El Estado conserva su función fundamental –garantizar la vida, la libertad y las oportunidades de autorrealización de sus ciudadanos–, aun cuando las formas e instrumentos específicos varíen de un país a otro. El papel de los Estados responsables en el orden internacional consiste en crear condiciones para el desarrollo humano. Las relaciones internacionales se basan en la interacción entre Estados –incluida la confrontación– orientada a preservar y fomentar las condiciones para el progreso a nivel individual. No se trata de un progreso estandarizado que siga el modelo del “fin de la historia”, sino más bien de un proceso diverso y no lineal que refleja un mundo de múltiples culturas y civilizaciones.
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Entonces, ¿debemos esperar un futuro peor que el anterior? Por muy trillado que suene, depende de nosotros. A pesar de la complejidad y los matices de la situación internacional, esta se presta a un análisis sensato, a ajustes y a una gestión adecuada. Todos los elementos del panorama mundial actual son conocidos; ya existían en el pasado, pero ahora se manifiestan con una nueva naturaleza (con mayor intensidad) y en una combinación distinta (todos a la vez).
La experiencia acumulada no es un dogma, sino una guía para la acción; esto incluye las experiencias negativas, que nos permiten comprender qué es lo que no debemos hacer. Las últimas tres décadas y pico ofrecen precisamente un ejemplo de ello. Se pueden juzgar las intenciones de los artífices de la historia de finales del siglo XX como se quiera, pero los resultados que observamos hoy demuestran que aquella fase concreta de las relaciones internacionales fue única y no merece ser replicada. Resultó no ser la culminación del desarrollo político mundial, sino más bien una crisis del modelo surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Esto no constituye una tragedia en sí mismo; no existen –ni existirán– sistemas establecidos de una vez por todas. Incluso los proyectos más sobresalientes acaban teniendo fecha de caducidad.
¿Será el futuro mejor para quienes viven hoy en la Tierra de lo que lo fue para quienes la habitaron en el pasado? No cabe ofrecer garantías. El futuro es siempre un conjunto de probabilidades que se materializan en diversos grados. El curso de los acontecimientos sigue ciertos patrones, pero depende, ante todo, del sentido de la responsabilidad que aportemos a él. La idea de que el «fin de la historia» resolvería todos los problemas y crearía un “futuro brillante” y duradero para el “último hombre” ha resultado insostenible, como cabía esperar.
Si la humanidad desea evitar convertirse verdaderamente en la “última”, debe comprender que el futuro no es dominio exclusivo de las fuerzas naturales, las leyes del desarrollo social, los robots capaces o la inteligencia artificial. Está en nuestras propias manos. Hoy en día, la responsabilidad respecto al futuro no es meramente un eslogan, sino un imperativo de conducta. A lo largo de su evolución, la humanidad ha ideado numerosos medios eficaces de autodestrucción –desde lo físico hasta lo moral– que son también frutos del progreso. Sin embargo, también poseemos una gran experiencia en la superación de amenazas y en el avance hacia nuevos niveles. No necesitamos un futuro que sea mejor que el pasado; necesitamos un futuro que no sea peor y que, en principio, realmente exista.
* Oleg Nikoláievich Barabánov, Director de programas del Club de Debate Valdái; profesor del Instituto Estatal de Relaciones Exteriores (Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia); profesor de la Academia de Ciencias de Rusia. Antón Serguéievich Bespálov, Director de programas del Club de Debate Valdái; subdirector editorial de valdaiclub.com. Timoféi Viacheslávovich Bordachov, Director de programas del Club de Debate Valdái; supervisor académico del Centro de Estudios Europeos e Internacionales Integrales de la Escuela Superior de Economía y profesor del mismo instituto. Fiódor Alexándrovich Lukyánov, Jefe del equipo de autores; director de investigación de la Fundación Club Valdái; redactor jefe de la revista Russia in Global Affairs; presidente del Presídium del Consejo de Política Exterior y de Defensa; profesor investigador de la Escuela Superior de Economía. Andréi Andréievich Sushentsov, Decano de la Facultad de Relaciones Internacionales del Instituto Estatal de Relaciones Exteriores (Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia). Iván Nikoláievich Timoféiev, Director de programas del Club de Debate Valdái; director general del Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia(1) Barabanov O., Bordachev T., Lisovolik Ya., Lukyanov F., Sushentsov A., Timofeev I. La vida en un mundo en ruinas. Informe anual del Valdai Club // Club de debate Valdai. 15 de octubre de 2018. URL: https://ru.valdaiclub.com/a/reports/zhizn-v-osypayushchemsya-mire
(2) En parte por esta razón, la idea de una Tercera Guerra Mundial supuestamente en curso la presenta como un proceso de confrontación continua en múltiples dimensiones, más que como un choque frontal y tradicional entre potencias. Afirmar que se está librando una Tercera Guerra Mundial sirve, en primer lugar, para calificar de anómalo —según los defensores de esta tesis— aquello que habitualmente se denomina «caos» en las relaciones internacionales; y, en segundo lugar, para etiquetar como «revolucionarios» ciertos procesos que, en realidad, no se ajustan a las nociones tradicionales sobre qué constituye una revolución en el ámbito global ni sobre cómo se desarrolla tal revolución.
(3) Varoufakis, Y. *Tecnofeudalismo: lo que acabó con el capitalismo* / trad. A. Snigirov. Moscú: Ad Marginem Press, 2025. 304 p.
(4) Al mismo tiempo –y a diferencia de la época de las acciones arbitrarias de los imperios europeos en el siglo XIX–, la fuerza está emergiendo como un factor regulador primordial. Un ejemplo significativo es la confrontación entre Estados Unidos e Irán, potencias que operan en categorías de peso distintas. Estados Unidos no logró la victoria con las fuerzas que estaba dispuesto a desplegar, mientras que Irán consiguió mantenerse firme sin cruzar el umbral a partir del cual una solución diplomática habría resultado imposible. Así, ambas potencias permanecieron dentro del marco del sistema y no mostraron disposición alguna a adoptar una conducta verdaderamente revolucionaria.
(5) Mahan A.T. La influencia del poder naval en la historia, 1660-1783 // Boston. 1890. XXIV. 557 p.
(6) El artículo de Mark Twain de 1906 «The Anglo-Saxon Race» fue traducido por primera vez al ruso por B. Privalov e I. Savitsky bajo el título «La vergüenza de la humanidad» e incluido en la antología Caballeros del dólar (Relatos satíricos de escritores estadounidenses), publicada por Pravda en 1952 (véase la pág. 8). En 1953 se publicó bajo el título «Somos anglosajones», en una traducción de V. Limanovskaya.
(7) El artículo de John Mearsheimer «Why We Will Soon Miss the Cold War» puede leerse en ruso aquí: Russia in Global Affairs, 2008, n.º 6. URL: https://globalaffairs.ru/articles/pochemu-my-skoro-budem-toskovat-po-holodnoj-vojne/. Para consultar el artículo original en inglés, véase: Mearsheimer J.J. Why We Will Soon Miss The Cold War // The Atlantic Monthly. Agosto de 1990. N.º 2. Págs. 35–50. URL: https://www.mearsheimer.com/wp-content/uploads/2019/07/A0014.pdf
(8) El libro de Francis Fukuyama El fin de la historia y el último hombre se publicó en Estados Unidos en 1992. La cita procede de la primera edición en ruso: Fukuyama F., El fin de la historia y el último hombre, trad. M. Levina (Moscú, 2004).
(9) Ver: Barabanov O., Bespalov A., Bordachev T., Lukyanov F., Sushentsov A., Timofeev I. Doctor Chaos, o Cómo dejar de preocuparse y el trastorno del amor. Informe anual del Valdai Club // Club de debate Valdai. 29 de septiembre de 2026. URL: https://ru.valdaiclub.com/a/reports/doktor-khaos-ili-kak-perestat-boyatsya.
(10) Ver: Barabanov O., Bespalov A., Bordachev T., Lukyanov F., Sushentsov A., Timofeev I. Doctor Chaos, o Cómo dejar de preocuparse y el trastorno del amor. Informe anual del Valdai Club // Club de debate Valdai. 29 de septiembre de 2026. URL: https://ru.valdaiclub.com/a/reports/doktor-khaos-ili-kak-perestat-boyatsya
(11) En el sentido clásico, una distopía se caracteriza por la ausencia de progreso humano —sacrificado en aras de la estabilidad y la satisfacción de las necesidades básicas— y por la transformación del individuo en un consumidor fácilmente controlable (por ejemplo, Un mundo feliz de Aldous Huxley y Nosotros de Yevgueni Zamiatin).
