La última carga del reactor nuclear del IVIC, uranio altamente enriquecido, isótopo U-235, abandona nuestro territorio bajo la dirección de la autoridad en materia atómica, la OIEA, con la colaboración militar conjunta EE.UU. - Reino Unido.
Con total intencionalidad, el 3 de enero, en medio del bombardeo donde se llevaron como prisionero de esta guerra al presidente constitucional Nicolás Maduro Moros y a su esposa, la diputada Cilia Flores de Maduro, un misil impactó a 50 metros del reactor dejando un cráter de 5 metros de profundidad. Inmediatamente montaron la excusa de una posible fuga de radiación para justificar la extracción del material depositado bajo la superficie.
El evento devela otro motivo superior del bombardeo de enero: es el Uranio. La agresión no era solo por el petróleo, que lo quieren y nos tienen secuestrados los ingresos por su venta, tampoco era el combate al narcotráfico, como han confesado hasta el hartazgo, ni siquiera era la toma de Nicolás Maduro como prisionero de guerra que es la prenda de su saqueo.
Revisando los hechos en un eje temporal, la sincronía en torno al reactor RV-1 tiene un antecedente muy cercano: quince kilogramos de la carga radiactiva fueron extraidas en 1997, justo en el año anterior a las elecciones donde las preferencias por el movimiento levantado por el comandante Chávez constituían una enorme ola electoral. Los 13,5 kilogramos restantes se los llevan en 2026, cuatro meses después del bombardeo, cerrando el ciclo del desarme y epistemicidio.
En la última década del 1900, con el país en franca inestabilidad política, iniciada la fase terminal de la cuarta República tras el Caracazo, se declara extinto el uso del dispositivo y le sacan la mitad del uranio en la primera oportunidad.
Chávez aprueba continuar con el uso pacífico del resto de su carga radiactiva en 2001. Fue reconvertido a planta de esterilización microbiológica por rayos gamma (PEGAMMA), prestando servicios en el ámbito de la microbiología de alimentos, esterilización de materiales quirúrgicos y otras investigaciones pacíficas. Demostrando que el reactor no solo servía para la investigación fundamental: la planta ofrecía un servicio industrial y sanitario único en el país. Es el átomo puesto al servicio directo de la vida y la producción nacional. Sin embargo, las capacidades adquiridas pretenden ser eliminadas en un gesto epistemicida que atenta contra nuestra independencia científica al desmantelarse el saber-hacer técnico que ninguna universidad puede suplir por sí sola. Al apagar PEGAMMA no se cierra simplemente una instalación: se nos arrebata la posibilidad de seguir formando generaciones de físicos nucleares aplicados, se canceló la soberanía en la esterilización de suministros médicos estratégicos y se nos condena a depender de centros de irradiación extranjeros, reproduciendo el esquema neocolonial de centro-periferia.
Retrocediendo en la línea de tiempo hasta 1956, bajo la gestión del más grande científico venezolano, Humberto Fernández Morán, se inician las obras del reactor del Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC) mediante el convenio con Estados Unidos “Átomos para la Paz”. Fue inaugurado en noviembre de 1960, pero sus operaciones se inician en 1966 y cesan en 1991.
El gobierno de Acción Democrática se encargó de reestructurar el IVNIC pasando a llamarse IVIC. Hostilizaron al fundador hasta provocar su exilio y mediatizaron ese gran proyecto. Inutilizado primero, desmantelado a partir de 1991, la carga total de Uranio se retiró de Venezuela en dos tandas ya comentadas.
Para calibrar lo que significó la inutilización, basta un dato técnico que suele omitirse: el RV-1, construido por General Electric y diseñado originalmente para operar a 3 MW, tenía una capacidad probada de 5 MW de potencia. No eran megavatios cualesquiera; 5 MW de origen nuclear, con un factor de carga muy superior al de las fuentes intermitentes, eran suficientes para alimentar de electricidad continua y estable a buena parte de las instalaciones del propio IVIC e incluso entregar excedentes a la red de los Altos Mirandinos. Durante más de tres décadas, sin embargo, esa potencia se desaprovechó por completo. Venezuela mantuvo en sus manos un pequeño reactor de investigación que pudo haber sido el núcleo de un programa de electrificación nuclear con fines pacíficos, pero el abandono planificado por los gobiernos del puntofijismo primero y la obsesión hegemónica actual convirtieron esa posibilidad en un lujo no permitido. Luego vino el desastre de Fukushima y la cancelación de ese nuevo proyecto. Hoy, lo que pudo ser un símbolo de soberanía energética se reduce a 13,5 kilos de uranio embarcados como botín de guerra.
En la página web de la embajada de Estados Unidos confiesa el gobierno agresor que ha tomado nuestro uranio como botín de guerra que se utilizará como parte del “renacimiento nuclear” de ese país. Paradójicamente, un dispositivo nacido bajo un programa sugestivamente denominado “Átomos para la Paz” ha sido arrebatado para uso militar destinado a sembrar guerra, en la misma lógica de los bombardeos a Irán y la retórica de la entrega del material nuclear de ese país. La maniobra constituye una ejecución perfecta del libreto de la administración Trump, que ha declarado sin tapujos su intención de revivir el poderío atómico estadounidense. No se trata solo de modernizar la vetusta tríada estratégica de la época de la guerra fría con nuevos misiles y ojivas, sino de un reposicionamiento táctico: despojar de capacidad nuclear a las naciones del Sur-Sur para centralizar el monopolio de la disuasión. No es casual que la sustracción se concrete en un momento en que la Casa Blanca exige a Irán el desmantelamiento total de su programa atómico al fragor de bombardeos y del cerco naval. La ecuación es idéntica: a Venezuela le retiran 13,5 kilos de uranio bajo el argumento de la seguridad; a Irán le exigen desmantelar totalmente su programa con la amenaza de aniquilar su civilización. En ambos casos se esgrime la autoridad de la OIEA como un escudo técnico para legitimar la expropiación forzosa de soberanía científica y estratégica.
¿Cuál es el valor real del botín que ya se encuentra en suelo estadounidense? En los mercados ilícitos de material fisible, donde se mueven los servicios de inteligencia y el tráfico de armas, el precio de un kilogramo de uranio-235 con un enriquecimiento superior al 80% (grado armamento) fluctúa, según estimaciones de la industria de la no proliferación y los escasos datos disponibles de transacciones de este tipo, entre 5 y 15 millones de dólares, dependiendo de la pureza y la urgencia del comprador. Una estimación conservadora sitúa el lote de 13,5 kilogramos extraídos esta semana en un valor que oscila entre los 75 y los 225 millones de dólares. La tanda de 1997 valdría hoy una suma similar. Sin embargo, más allá del valor monetario de mercado negro, el verdadero precio es geopolítico: con esos 13,5 kilos no solo se neutraliza un foco de irradiación, valga la ironía, de autonomía venezolana, sino que se envía una señal a Teherán y al mundo: el imperio en declive ejecuta su voluntad expansionista, trasladando físicamente la materia atómica del Sur rebelde al Norte ávido, en una forma de extracción neocolonial.
Obviamente, esta movida ocurre en un momento particular definido como el inicio del tercer orden mundial. El nuevo orden mundial se ha iniciado, según algunos analistas, el 3E en Caracas. Un mundo naciente analizable con herramientas del mejor estilo gramsciano. El hegemón en declive, un tigre de papel, muestra sus dientes nucleares, señal de que se niega a morir; pero no está claro lo que está por nacer, lo que aún está en gestación. Mientras tanto surgen los demonios contenidos del fascismo. Solo sabemos que lo nuevo se debate entre al menos dos fuerzas que se disputan el nuevo amanecer civilizatorio.
Más allá de lo que señala Luis Brito García sobre el debate de las fuerzas bolivarianas y las fuerzas monroístas a nivel hemisférico, a mi entender, la disputa hemisférica se enmarca en la confrontación de nivel mundial que se escenifica entre los hegemonistas, orientados por el sofisma del destino manifiesto, y los bloques emergentes como los BRICS, cuya propuesta es el destino compartido, el respeto del otro y el ganar-ganar. El mundo unipolar declinante versus el esplendoroso planeta pluripolar y multicéntrico.
* Marcial Arenas, Economista, investigador, ha sido funcionario del Ministerio de Planificación y Finanzas y del Ministerio de Petróleo y Minería en la República Bolivariana de Venezuela.
