Redacción · Abril 2026 · Opinión

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Trump sólo dirige la guerra mirando a Wall Street

Cuando se ha cumplido un mes desde el inicio de la guerra israelo-norteamericana de agresión contra Irán, Donald Trump sigue jugando al prestidigitador para ocultar su falta de estrategia.

Eduardo J. Viorescribe: Eduardo J. Vior

Aparentemente, está tanteando a Irán, para ver si lo atrae nuevamente a la mesa de negociaciones, pero al mismo tiempo está preparando el desembarco de tropas en algún punto de la costa iraní.

El pasado viernes 27 de marzo el promedio de las encuestas de evaluación de su gestión de gobierno relevado por Real Clear Politics daba 40% de aprobación contra 56,8% de rechazo. Se trata del peor índice de su gestión, sólo comparable con los que alcanzaba Joe Biden en los últimos meses de su gobierno. Los números están motivados por el aumento de los precios de la gasolina y auguran una masiva derrota electoral en las elecciones legislativas de noviembre próximo. No es casual, entonces, que la preocupación principal del jefe de Estado se dirija a la economía interna. Trump está utilizando la guerra, para controlar la suba de las tasas de interés, mientras busca evitar que se desinfle la burbuja especulativa en torno a la Inteligencia Artificial (IA). Si la misma estalla, sus ondas expansivas superarán a las de 2008.

El inquilino de la Casa Blanca hace alarde de desentenderse de la suerte de la economía mundial, como si la catástrofe que él y Benyamin Netanyahu desataron el pasado 28 de febrero no le incumbiera. Sin embargo, la economía financiera y la real no están tan separadas, como estos magos de los negocios turbios suponen. El show presidencial ha mantenido hasta ahora la cotización del petróleo apenas por encima de los 100 dólares, ha evitado un aumento excesivo de la tasa líder de interés y ha llenado los bolsillos de sus amigos en la Bolsa influenciando las cotizaciones de futuros. Hasta aquí, un magnífico negocio especulativo, aunque la economía occidental se derrumbe.

Sin embargo, la guerra está alterando también los planes de inversión de los magnates del Golfo. La destrucción de infraestructura por los bombardeos y la evidencia de que EE.UU. no puede ni tiene interés en protegerlos están haciendo reflexionar a más de un fondo de inversión árabe sobre la conveniencia de llevarse el dinero a otra parte. Si sus miles de millones de dólares se alejan de Wall Street, la economía norteamericana se derrumba. El tira y afloja entre los gigantes norteamericanos de la tecnología y sus financistas del Golfo Pérsico decidirá, mucho más que los generales y almirantes, hasta cuándo y dónde se puede llevar esta guerra.

Irán también juega

Si la República Islámica consigue mantener su control del estrecho de Ormuz durante algunas semanas más y sigue dañando la infraestructura productiva de los aliados de EE.UU. en la región (incluido Israel), los cortes en el suministro de hidrocarburos y fertilizantes se sentirán en todo Occidente. No sólo subirán los precios, sino que Washington puede verse obligado a suspender sus exportaciones de petróleo y gas, para asegurar el abastecimiento del mercado interno. Tanto la falta de suministros a sus clientes como el aumento del déficit comercial de EE.UU. recalentarán la inflación y con ella, el alza de las tasas de interés que paga la Unión por su gigantesca deuda de 38 billones de dólares. No basta con mirar la pizarra de Wall Street para tener una estrategia de guerra practicable.

Los principales índices de la Bolsa de Nueva York volvieron a caer el viernes 27, mientras que los precios del petróleo no frenaban su rebote después de que la prórroga del presidente de Estados Unidos, para que Irán reabra el estrecho de Ormuz no logró calmar a los mercados. La prórroga por parte de Trump del plazo dado a Irán para que reabra el estrecho de Ormuz hasta el próximo 6 de abril, después de cuando la República Islámica enfrentaría ataques a su infraestructura energética, se produjo justo después de que las acciones de Wall Street cerraran el jueves 26 con su mayor caída en un día desde que comenzó la guerra.

En este contexto, el índice que agrupa a las empresas más importantes de la bolsa de Nueva York el S&P 500, bajó 1,32%, mientras que el Nasdaq Composite, dedicado al sector tecnológico, retrocede 1,82%. Por su parte, el índice industrial Dow Jones bajó 1,27%. El S&P 500 anotó una baja semanal de 1,74% por quinta vez consecutiva. De esa manera se ubicó en mínimos de seis meses, al igual que el Nasdaq, que bajó 2,9% en términos semanales. Por su parte, el Dow Jones retrocedió 0,43% en ese mismo periodo de tiempo.

Cuando terminaba el primer mes de la guerra en Asia Occidental, los ataques continuaban en toda la región. El jueves 26 de marzo Israel afirmó haber matado al jefe de la Armada de los Guardianes de la Revolución, Alireza Tangsiri. Por su parte, el presidente estadounidense seguía sin dejar nada claro. Durante una reunión de su gabinete celebrada el jueves por la mañana, Trump reconoció que Irán le había hecho un “regalo”, al permitir el paso de diez buques por el estrecho de Ormuz. Además, aunque insinuó que apoderarse del petróleo iraní es una “opción”, también anunció que aplazaba hasta el 6 de abril su ultimátum sobre los ataques a las infraestructuras eléctricas. Del 1 al 7 de abril se celebra Peisaj, la Pascua judía, y es poco probable que EE.UU. se animara a reforzar su ofensiva contra Irán durante esta festividad.

Donald Trump no sabe si va a querer negociar

Para aumentar intencionadamente la confusión, el mandatario manifestó ese mismo jueves su incertidumbre sobre la disposición de Estados Unidos a llegar a un acuerdo con Irán, a pesar de afirmar que Teherán les está “suplicando” para negociar. “Están suplicando llegar a un acuerdo”, declaró Trump en la mencionada reunión de gabinete en la Casa Blanca. “No sé si podremos lograrlo. No sé si estamos dispuestos a hacerlo”, afirmó el presidente.

Estados Unidos había presentado a la República Islámica un plan de 15 puntos, para poner fin al conflicto, pero Irán “no tiene intención de negociar», sino de «seguir resistiendo”, afirmó el miércoles 25 por la noche en la televisión estatal el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi. Según ha declarado también el miércoles 25 un alto funcionario político iraní a Press TV, el momento en que concluya la guerra no lo determinará el presidente de Estados Unidos. “Irán pondrá fin a la guerra cuando decida hacerlo y cuando se cumplan sus propias condiciones”, señaló.

El funcionario detalló, además, las cinco condiciones bajo las que Irán aceptaría poner fin a la guerra: 1) un cese total de la agresión y de los asesinatos por parte del enemigo; 2) el establecimiento de mecanismos concretos que garanticen que la guerra no se imponga nuevamente a la República Islámica; 3) el pago garantizado y claramente definido de daños y reparaciones de guerra; 4) la finalización de la guerra en todos los frentes y para todos los grupos de resistencia de la región y 5) el reconocimiento y garantías internacionales del derecho soberano de Irán a ejercer autoridad sobre el estrecho de Ormuz. Irán no aceptará nada menos que la rendición incondicional de Estados Unidos.

Washington ha intentado avanzar en las negociaciones a través de diversos canales diplomáticos, presentando propuestas que Teherán considera “excesivas” y desconectadas del fracaso de Estados Unidos e Israel en el campo de batalla.

Entre tanto, en una declaración enviada a la Organización Marítima Internacional (OMI), Irán afirmó que los “buques no hostiles” pueden atravesar el estrecho de Ormuz, siempre que respetaran las normas de seguridad y protección. El jueves 26 de marzo, por ejemplo, se autorizó a varios petroleros malayos a atravesar el estrecho. El estrecho, por consiguiente, no está cerrado, sino que a partir de ahora tiene un puesto para el cobro del peaje.

Tras una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores del G7, el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio afirmó el viernes 27 que Estados Unidos espera poner fin a su operación en Irán en “semanas, no meses”. Rubio afirmó que Estados Unidos puede alcanzar sus objetivos “sin desplegar tropas terrestres” en Irán y añadió que Teherán podría decidir establecer un sistema de peaje en el estrecho de Ormuz.

Por su parte, los medios estatales iraníes de ese mismo viernes informaron sobre las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, según las cuales los ataques estadounidenses e israelíes están dirigidos contra instalaciones civiles. Por su parte, Israel informó que había atacado la planta de agua pesada de Arak, en el centro de Irán. Araghchi, a su vez, confirmó que se había atacado dos de las mayores fábricas de acero de Irán, una central eléctrica e instalaciones nucleares civiles y advirtió que su país “les hará pagar un alto precio”. Con el ataque Israel demostró una vez más que piensa llevar la guerra siempre más lejos.

Irán rechaza las propuestas de negociaciones

Según CNN, representantes iraníes confirmaron el rechazo de Teherán a entablar negociaciones con el enviado especial estadounidense Steven Witkoff y con el yerno presidencial Jared Kushner, porque –afirmaron- dilataron las negociaciones anteriores solamente para dar al Pentágono tiempo para preparar el ataque del 28 de febrero. Irán considera improductivo dialogar con ambos emisarios, aunque sí ha mostrado disposición a conversar con el vicepresidente JD Vance, a quien percibe como una figura más proclive a impulsar el fin de las hostilidades.

Entre tanto, Teherán responde a la continua agresión de sus enemigos endureciendo su posición. Mohammad Bagher Zolghadr, un exgeneral de la Guardia Revolucionaria, ha sido nombrado Presidente del Consejo de Seguridad Nacional de Irán en remplazo de Ali Larijani, asesinado por Israel el pasado 17 de marzo. La decisión se tomó “con la aprobación y el consentimiento” del ayatolá Mojtabá Jameneí y por decreto del presidente Masoud Pezeshkian.

Zolghadr ha ocupado altos cargos en el gobierno iraní, entre ellos en la Guardia Revolucionaria, el poder judicial, el Ministerio del Interior y el Consejo de Discernimiento de la Conveniencia. Con su nombramiento se consolida el control de la Guardia Revolucionaria sobre el liderazgo del país.

El sábado 21 Donald Trump amenazó con atacar la red eléctrica y otras infraestructuras de Irán en un plazo de 48 horas, si no reabría el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo. Irán respondió amenazando con tomar represalias contra las infraestructuras de los Estados clientes de EE.UU. en el Golfo. Cualquier ataque de este tipo tendría consecuencias devastadoras:

A primera hora del lunes 23 por la mañana los mercados reaccionaron a esta escalada con nerviosismo. Los bonos del Tesoro, las acciones y el oro registraron caídas. Entonces, ante la amenaza de un desplome de los mercados y poco antes de que venciera el plazo dado a Irán, Trump se echó atrás con un posteo en su red social Truth.

Los analistas con acceso a fuentes en el Pentágono señalaron que la pausa de cinco días en los ataques a la infraestructura energética iraní reflejaba menos un progreso diplomático que el reconocimiento tardío de que atacar plantas de energía en un Estado de 90 millones de personas con capacidad de respuesta regional sería el inicio de una espiral incontrolable. De hecho, el lunes 23 Mohsen Rezai, miembro del Consejo de Discernimiento del Sistema de Irán y excomandante del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), advirtió que, “si Trump ataca la infraestructura de Irán, ya (la respuesta) no será ojo por ojo, sino ojo por cabeza, mano y pie. Estados Unidos quedará gravemente debilitado”, aseveró.

En ese sentido, el viernes 27 Irán informó que estaba a punto de atacar empresas e industrias afiliadas a EE.UU. en la región como represalia por los ataques a sus centros industriales. En un comunicado, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) advirtió perentoriamente a los empleados de empresas afiliadas a Estados Unidos e industrias pesadas en toda la región que abandonaran inmediatamente la región.

No obstante, el creciente malestar económico en Occidente, la pavorosa derrota de Israel en el sur de Líbano, donde ya perdió 100 tanques Merkava y tuvo innumerables bajas, y la presión de los aliados del Golfo están empujando a Trump a buscar una salida. Todavía no está claro, si se decidirá por el escalamiento de la guerra –con el alto riesgo de empantanarse en un nuevo Vietnam– o por una negociación en la que deberá reconocer su derrota ante Irán. Cualquiera de las dos alternativas es desastrosa y conlleva la pérdida de las elecciones legislativas de noviembre.

Por las dudas, el portavoz de la Guardia Revolucionaria, Ebrahim Zolfaghari, afirmó el lunes 23 de marzo que Irán está en “pleno” y “firme” control de la situación en el estrecho de Ormuz. La República Islámica “tiene plena y firmemente la iniciativa en la región del Golfo Pérsico y en las aguas territoriales de Omán y controla de forma muy inteligente y firme el estrecho de Ormuz”, se lee en una publicación del vocero.

Trump está barajando la posibilidad de desplegar 8.000 marines para ocupar la isla de Jarg, una isla fuertemente fortificada en la que Irán embarca 90% de sus exportaciones petroleras, las más pequeñas de Abu Musa y las dos Tunb, reclamadas por los EAU, o la de Larak, en el mismo estrecho, pero demasiado cerca de Qeshm como para poder ser ocupada, sin intentar la captura de esta última isla, de 135 km de largo y 1.491 km2 de superficie. Entre Qeshm y el continente pagan su peaje y pasan los buques autorizados por la CGRI. Cualquier estratega militar deducirá que estas ideas son aún más descabelladas que el plan inicial, que, según se ha sabido, se llevó a cabo sin planificación ni evaluación alguna.

La guerra y la economía norteamericana

Las idas y vuelta permanentes del presidente tienen menos que ver con el desarrollo de la guerra que con la evolución de la economía norteamericana. Trump no está mirando la cotización del petróleo y del gas. A él no le importa lo que suceda con la economía mundial. Supone que, una vez terminado el conflicto, la producción de hidrocarburos dentro de su país bastará para hacer bajar los precios y ganar las elecciones de noviembre. El resto no le importa.

Además de las encuestas preelectorales, los mercados de bonos son los que determinarán cuánto tiempo podrá el presidente Trump seguir aumentando la presión en la guerra contra Irán. Cuando el lunes 23 por la noche el rendimiento del bono a 10 años alcanzó el 4,45 %, el presidente Trump pospuso todos los ataques contra las centrales eléctricas iraníes durante cinco días y afirmó que Estados Unidos e Irán habían mantenido conversaciones “productivas” para poner fin a la guerra. El jueves 26 prorrogó el plazo hasta el 6 de abril. Estados Unidos simplemente no puede permitirse una tasa del bono a 10 años superior al 4,50%.

Aunque Trump se frote las manos por las ganancias suplementarias que la guerra dejará a sus amigos petroleros del Medio Oeste y de Texas, no podrá impedir que el alza de los precios repercuta sobre la economía norteamericana. El precio del crudo WTI rozó los 120 dólares el barril en los últimos días (máximos desde 2022) y terminó la semana por arriba de los 100 dólares.

Incluso, si EE.UU. e Irán llegaran mañana a un acuerdo para poner fin al conflicto, pasarían otros cuatro meses antes de que los mercados recuperaran una cierta apariencia de normalidad. Los productores de otros lugares no pueden aumentar la producción con la rapidez suficiente para recuperar las pérdidas sufridas. El resultado es una reducción en alrededor del 3% de la producción mundial de petróleo prevista para este año. Cada mes que la planta catarí de licuefacción de gas de Ras Laffan permanece cerrada, el mundo pierde alrededor de 7 millones de toneladas de GNL, casi el 2% del suministro anual previsto. Y la capacidad futura, debido a los últimos golpes, será inferior a la anterior. La consecuencia es que la producción se quedará un 4% por debajo de la demanda este año. Los mercados energéticos seguirán sufriendo las consecuencias de la guerra hasta bien entrado el invierno boreal.

Trump y sus amigos israelíes sacan una ventaja extra de la guerra: al bombardear las instalaciones petroleras y gasíferas iraníes, saben que los persas van a reaccionar del mismo modo atacando las plantas de los países del Golfo. Claro que estos ataques reducen la oferta mundial de hidrocarburos, pero aumentan el poder de Wall Street sobre los mercados a futuro. Dada la influencia que la retórica del presidente tiene sobre la Bolsa, entonces, algunos traders están empezando a sospechar que gente con acceso a la Casa Blanca está haciendo negocios con la cotización a futuro.

Un volumen inusualmente alto de operaciones con futuros de petróleo se registró minutos antes de que el presidente estadounidense anunciara el lunes 23 que había mantenido contactos con Irán. Según cálculos del Financial Times basados en datos de Bloomberg, estas operaciones alcanzaron los 580 millones de dólares. No está claro, si las transacciones fueron realizadas por una sola entidad o por varias.

Unos 6.200 contratos de futuros de Brent y West Texas Intermediate cambiaron de manos apenas quince minutos antes de que Trump publicara en Truth Social que se habían mantenido en los últimos días conversaciones con Teherán para poner fin al conflicto. El anuncio del presidente provocó una fuerte caída en los mercados energéticos mundiales y subidas en los futuros del índice bursátil estadounidense S&P 500 y en las acciones europeas, a medida que los inversores redujeron sus apuestas a un conflicto prolongado.

La cocina de Wall Street

Los altos precios de la energía mantienen la inflación persistentemente elevada, lo que significa que la Reserva Federal de EE.UU. no puede bajar las tasas de interés con rapidez. Mientras el mundo sigue los bombardeos y los cierres del Estrecho de Ormuz, en Wall Street se está cocinando algo que va mucho más allá de los titulares de guerra. La pregunta que pocos se hacen es entonces: ¿está el conflicto con Irán retrasando el estallido de la burbuja tecnológica?

Normalmente, tasas altas por mucho tiempo terminan pinchando burbujas especulativas como la del sector tecnológico y la IA. Pero aquí viene el giro: como la mayoría de los inversores asume que el conflicto durará solo semanas o un par de meses, las tasas se mantienen altas sin provocar un colapso total del mercado y esa demora da a la sobrevalorada burbuja tech algo más de tiempo para seguir flotando.

Los inversores están pegados a los titulares sobre posibles cierres del Estrecho de Ormuz y una potencial escalada del conflicto. Las grandes tecnológicas se convierten así en una especie de amortiguador: mientras las petroleras y las aerolíneas se desploman, gigantes como Amazon, Microsoft o Google, con enormes reservas de efectivo y mínima exposición directa a Asia Occidental, aparecen como los pocos refugios relativamente seguros en un mercado convulsionado. Sólo las llamadas “Magnificent Seven” contribuyeron aproximadamente el 42% del rendimiento total del S&P 500 en 2025. La concentración es histórica.

La OTAN ha adquirido la plataforma de inteligencia artificial de combate MSS de Palantir. En Ucrania ya se utiliza un sistema similar.

Y ahora viene lo más jugoso. El conflicto no es solo un telón de fondo: es un motor de ingresos para la tecnología militar basada en IA. El sistema Maven Smart System (MSS) de Palantir integra inteligencia de satélites, drones, radar y más de 150 fuentes para identificar, priorizar y recomendar objetivos en tiempo real. El ejército estadounidense impactó 1.000 objetivos en las primeras 24 horas de los ataques contra Irán, en gran medida gracias a Maven, que aceleró la “cadena de muerte” (del dato a la acción). El CEO de Palantir, Alex Karp, lo confirmó sin rodeos: la tecnología da a EE.UU. y Occidente una “ventaja crítica” en el conflicto de Oriente Medio.

Por su parte, AWS, Microsoft Azure, Google Cloud y Oracle están proveyendo almacenamiento de datos clasificados, cargas de trabajo de IA y análisis en tiempo real para el Departamento de Guerra y el CENTCOM. Tan vitales son estas infraestructuras que Irán ya atacó con drones instalaciones de AWS en los Emiratos Árabes Unidos y Bajréin, provocando interrupciones en servicios bancarios, de pagos y empresariales.

La guerra en Irán está complicando los planes de los países del Golfo de invertir más de 300.000 millones de dólares en centros de datos, chips y otras iniciativas de IA. Lo que hoy parece un paréntesis podría convertirse en el catalizador que finalmente pinche la burbuja. El tráfico de petroleros por el Estrecho de Ormuz cayó un 90% respecto a niveles normales. Si eso se mantiene, la economía global entrará en recesión y ninguna burbuja, por inflada que esté, sobrevivirá.

La guerra y la IA están más entrelazadas de lo que parece. Y los mercados, por ahora, siguen haciendo malabares. De modo que la alteración en el mercado energético, que a Trump parecía no importarle, reingresa en la discusión por la ventana: si la guerra se prolonga, las monarquías del Golfo revisarán a la baja sus proyectos de inversión en IA y/o desplazarán inversiones hacia otros mercados.

Trump no puede tapar el sol con la mano. Sus amigos tecnológicos, petroleros y más de un bolsista están ganando fortunas con la guerra, pero si la economía mundial se hunde, la guerra se va a terminar por consunción.


* Magister Artium en Ciencias Políticas en la Universidad de Heidelberg, Alemania, Doctor en Ciencias Sociales en la Universidad de Giessen, Alemania, Doctor en Sociología en la Universidad do Paraná, Curitiba, Brasil. Ejerce el periodismo como analista internacional para distintos medios del país y del exterior. Actualmente tiene un programa en el canal de YouTube Eureka News, participa en el portal Tektónikos y es colaborador regular de Dossier Geopolítico. Es miembro del Comité Nacional BRICS.

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