Redacción · Abril 2026 · Opinión

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Algunas reflexiones sobre la contradicción antagónica

Según enseñan las leyes del materialismo dialéctico, el desenvolvimiento de la sociedad humana siempre es producto del desenlace de la contradicción antagónica entre los contrarios del sistema socioeconómico imperante.
Hernando Kleimans escribe: Hernando Kleimans

En este caso, la contradicción antagónica es entre el bloque imperialista unipolar y la clase trabajadora del nuevo mundo multipolar, con sus aliados de las burguesías nacionales.

Pese a su colapso, producto de contradicciones internas no solucionadas sino sofocadas, la Gran Revolución Socialista de Octubre, en sus algo más de 70 años de existencia marcó la primera gran ruptura del modo capitalista en un país dado. La parte progresista de la contradicción antagónica demostró su razón de ser en medio de bloqueos políticos y económicos, intervenciones militares extranjeras y una guerra de exterminio que se llevó casi 30 millones de vidas, y logró instituir la realidad de un cambio estructural en las relaciones de la sociedad humana.

El sistema soviético instauró en la Humanidad criterios concretos de funcionamiento que permitieron extender la acción del Estado a campos hasta ese momento descartados: sanidad, educación, previsión social, y revertir el concepto de propiedad, tornándolo un elemento comunitario básico que permitió, con sus problemas y dificultades, cambiar el sentido de apropiación de la plusvalía en dirección al mantenimiento y desarrollo de esos campos.

Después de la Segunda Guerra Mundial (la segunda gran ruptura del modo capitalista), esa realidad dejó de ser “mono-país” y experimentó la posibilidad de un nuevo sistema socioeconómico basado en políticas de autodeterminación, justicia social, respeto a la soberanía y solidaridad internacional. Implicó, también, la formación de nuevas normas en el comercio exterior, favorables al desarrollo económico de los países “periféricos”.

Es interesante destacar, a propósito, que este nuevo sistema se consolidó en lo que hasta entonces la ortodoxia “progresista” consideraba la región subsidiaria del centro antagónico europeo: Asia y en alguna medida África. En su momento, el Movimiento de No Alineados lideró la gran epopeya de liberación anticolonial de esa “periferia”. Aquel tradicional centro “revolucionario”, Europa, dominado por los grandes grupos monopólicos, no justificó las tradiciones y más tarde o más temprano, retornó al “redil” confirmando su rol primordial de metrópoli imperial.

La tercera gran ruptura ocurre en nuestros días y ocurre malgrado los reiterados intentos del imperialismo, cebado por el colapso soviético y sin poder asumirlo como una etapa más dentro de este proceso general de cambio estructural. Lo que ya podríamos llamar crisis estructural del sistema sobrevino acompañada por su impulsor: el nuevo mundo multipolar.

Aunque la batalla ideológica (la única lucha de clases irreconciliable) siempre ha sido una parte especial de la confrontación antagónica, ahora adquiere condición de fundamental, carácter de imprescindible y principios no negociables. El imperialismo, al menos desde los albores de la segunda gran ruptura sistémica, comprendió esta ecuación y actuó en consecuencia. El Grupo Bilderberg, creado precisamente en 1954 para cumplir con la función de disolvente barrera ideológica, trazó los grandes lineamientos inductivos para impedir la toma de conciencia social por parte de las clases oprimidas.

No es un recurso retórico. Así funciona en la práctica, año tras año, tarea tras tarea, función tras función. El Tavistock Group, con más de 200 activos en 13 países y “propiedad” de nuestro conocido Joe Lewis, es el encargado en la práctica de cumplir con esta tarea.

Sus lineamientos pasan por la destrucción del sentido unificador de la familia, la licuación de las barreras sociales sobre elementos amorales, de corrupción y perversión, la legitimación de conductas reñidas con las normas primarias de preservación de la sociedad humana. Los logros registrados en el cumplimiento de estas tareas permitieron disminuir el nivel de conciencia social hasta borrar conceptos como solidaridad de clase, capacidad de ubicar al enemigo, manejo de las herramientas apropiadas para la lucha, defensa del ser humano como especie, etc. El ejemplo de la “lucha contra el narcotráfico” es elocuente. Pese a que nunca como ahora el narcotráfico ha abarcado enormes sectores de la sociedad humana, al amparo de una notoria permisividad y complicidad de los organismos encargados de combatirlo, el imperialismo se cubre con consignas de lucha contra el narcotráfico para acometer contra países que mantienen una política soberana, como Venezuela.

La artera tarea de imponer en la conciencia social el individualismo a ultranza, el desprecio por las normas de conducta colectiva, el obsesivo uso de los dispositivos electrónicos como única forma de relacionarse con la realidad se debe, precisamente, al intento por instaurar otra etapa del imperialismo que bien podríamos llamar tecnoimperialismo. Por obvias razones dialéctica (no se puede volver a instancias anteriores del desarrollo social), no comparto el concepto de tecnofeudalismo que circula por algunos sectores progresistas. Tal definición deja de tener en cuenta que el surgimiento de nuevos medios y modos de producción condiciona el desenvolvimiento de la contradicción antagónica del sistema capitalista, que sigue siendo entre el capital y la clase trabajadora (ahora en un plano universal).

Como consecuentemente ha ocurrido en la historia de esa sociedad humana, la concreción de los cambios dramáticos en su estructura (cualitativos) siempre fue producto de cambios parciales (cuantitativos). Antes y después de la ruptura. Como todo proceso dialéctico ha tenido idas y vueltas, pero esta ha sido la forma en que la sociedad fue asimilando las premisas y realidades de una nueva formación socioeconómica.

El concepto de imperialismo desarrollado por Lenin a principios del siglo XX descubre su condición de “etapa superior” del capitalismo y despeja el campo para una ulterior y moderna investigación de su desarrollo. Se trata de la necesaria exacerbación de sus características depredadoras, en su intento por mantener e incrementar la apropiación de la plusvalía sobre los resultados de la economía global. La descomunal, desorbitada expansión de los grandes grupos monopólicos se encontró ante el escollo insalvable de sus propias fallas internas: trasvase deliberado de los recursos económicos a la especulación financiera, desinversión en sectores claves de la economía real e incluso de la alta tecnología, desfinanciación de los programas sociales y, en consecuencia, descenso de los niveles relativos de vida de la clase trabajadora aplicada a esa economía real.

Por cierto, ante el avance de los medios de producción y la inevitable adaptación a ellos de los modos de producción, el imperialismo concentra su resistencia en el campo financiero y de las altas tecnologías. La concentración de estos dos campos en sus manos es la que le permitiría, según el criterio de sus élites, mantener la hegemonía mundial.

Sin embargo, las limitaciones de clase de esas élites le impiden comprender las transformaciones que se visualizan en los medios de producción y, por consecuencia, en los modos de producción. Con repercusión directa sobre las relaciones de producción.

Lo que antes era la “periferia” del imperialismo hoy se ha convertido en el nuevo orden multipolar. Las relaciones internacionales han dejado de ser “verticales” para ser “horizontales”. Esas nuevas relaciones, con todas sus contradicciones, fricciones y controversias, están basadas en modos que permiten asimilar con mayor coeficiente de utilidad los novísimos medios de producción. Cuentan con “pilares” y “soportes” de gran eficiencia y eficacia, como China o Rusia, que les permiten crecer, consolidarse e interactuar en un medio de cooperación y solidaridad.

Apuntan, además, a replantear todo el esquema de relacionamiento internacional impuesto por el imperialismo a partir, digamos, de Bretton Woods, lo que implica, además de la reestructuración de la ONU como ente “equilibrador” y “regulador” universal y del reemplazo de obsoletos organismos de dominación como el FMI o el BM, la destrucción de la propia hegemonía imperialista.

El imperialismo agudiza hasta tal punto sus intentos por preservarse que, por lo visto, ocurren dos fenómenos (que deberán ser cuidadosamente analizados): 1) la profundización de su extrañamiento con respecto a la economía real, alienándose en la especulación financiera que, como se sabe, no conduce a la reproducción económica, y 2) la constatación de que su fuerza militar de represión, pese a la violencia agresiva que despliega, no logra lo que lograba en otros tiempos: el sometimiento de los pueblos a sus dictados.

En este punto, es inevitable entender el respaldo militante a un sistema de coexistencia pacífica entre el imperialismo y el nuevo orden multipolar, como la más actualizada, exigente e ideológicamente pura forma de lucha de clases. Es multifacética, abigarrada y muy dinámica y se da entre el bloque de las alienadas élites imperialistas y las diversas expresiones de ese mundo multipolar. La victoria es obligar al imperialismo a que renuncie a la desenfrenada y violenta agresión que por definición ha descargado sobre todo aquel que intentó oponerse a su dominación. Los elementos de esta forma de lucha de clases son complejos, diversos, variantes, flexibles, adaptables a las condiciones imperantes en el sistema político internacional. Su uso inteligente es primacía de la parte progresista de la contradicción antagónica. Es, sin duda, el grado más elevado y severo de la lucha ideológica. Como que de su desenlace depende el destino de la humanidad en esta época atómica.

La correlación de fuerzas, volcada decididamente hacia la parte progresista de la contradicción antagónica, ahora debe contabilizarse en un plano planetario. El objetivo de esa parte consiste en lograr la necesaria coherencia y la unidad militante de todas esas fuerzas. Y esta es, sin dudas, la razón de ser de organizaciones como los BRICS, la OCSh, y entidades interregionales como la ANSEAN, la CELAC o la Liga Árabe, entre otras.

Las diversas fraseologías a la que se acude para ocultar el colapso del sistema imperialista sirven para empañar la diafanidad ideológica que sistematice esa lucha de clases en procura del cambio cualitativo. Claridad irreductible que se necesita para dilucidar un secular dilema civilizatorio: ¿cómo salir del laberinto? La respuesta sigue siendo “elevándose”, para lo cual son imprescindibles esa diafanidad ideológica y el riguroso análisis materialista dialéctico de las fuerzas motrices del cambio.

Con todas las limitaciones y condicionamientos del caso, creo que nuestro CoNaB está en el camino correcto y, por consiguiente, en condiciones de aportar al desarrollo de las nuevas estructuras socioeconómicas de la Humanidad. Lo cual también es, en esta instancia, militancia revolucionaria.

* Hernando Kleimans, historiador, periodista, es presidente del Comité Nacional BRICS (CoNaB).